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Hinchas neutrales, una mentira que todos aceptan

Julio Koropeski, Jorge Capitanich y Rodolfo D'Onofrio, en la previa de Crucero-River (Foto La Nación)

Julio Koropeski, Jorge Capitanich y Rodolfo D’Onofrio, en la previa de Crucero-River (Foto La Nación)

“Me duele en el alma, la compré hace un mes”, se resigna Jorge Bareiro con la garganta anudada, pero no hay remedio para su sufrimiento. El policía le da a elegir: la camiseta o el partido. Y el muchacho, que había invertido mil pesos en ella hace un mes, la deja tirada en una de las tres bolsas dispuestas al costado del cacheo. Allí se amontonan las oficiales, como la de este muchacho que llegó aquí desde Colonias Unidas, en el interior chaqueño, hasta las truchas que se vendían a 200 pesos a dos cuadras del estadio de Sarmiento, de esta ciudad.
Así funciona la hipocresía del fútbol. Se planea un partido en un estadio con capacidad para 25 mil personas, así la recaudación es más abultada, pero se les impide a esos que van a completarlo que se vistan como lo que son: hinchas de River. Llevan encima el cartel de neutrales, una mentira que todos aceptan: la AFA, los dos clubes, la policía local y hasta el gobernador, Jorge Capitanich. El hombre era un anfitrión por donde se lo mirara: es el presidente de Sarmiento, que le cedió la localía a Crucero del Norte . Es lo que en economía se denomina “todos ganan”: Crucero, que recaudó más dinero que lo que habría juntado si jugaba en su cancha; River, que tuvo amplia mayoría de hinchas, y Capitanich, claro.

En el partido, las lógicas diferencias entre el poderoso y el que está a punto de descender quedaron disimuladas en el primer tiempo. Por más que los neutrales alentaran sin parar (en el ranking de ovacionados, Gallardo ganó por goleada), el equipo no pasaba de control prolijo de pelota. Los misioneros eran más compactos, no se corrían ni un pie del uno para todos y todos para uno. Ese compañerismo tal vez les haya brotado la noche anterior, cuando se las habían tenido que arreglar para dormir amontonados. Hasta cinco jugadores por habitación hubo en la concentración del estadio, ubicada debajo de la tribuna principal.
En esa platea, dos formoseñas lucían sin problemas sus camisetas de River. Nimia Riveros y Johana Irala, madre e hija, se las habían ingeniado para colar las prendas en las mangas de una campera. Llegaron desde Tatané, un pueblo de 1400 habitantes que definen como “un paraíso”. La felicidad por ver a River en la cancha por primera vez les hacía más llevadero el gasto: invirtieron cuatro mil pesos en cuatro plateas. “Pero mi papá y mi hermano no pudieron venir: cuando compramos las entradas, el partido estaba programado para el domingo. Ellos hoy trabajan”, contaba Johana. De esas desprolijidades también se nutren las estructuras del fútbol argentino.
Esa sensación agridulce de las mujeres formoseñas se pudo haber convertido en indignación cuando, a 15 minutos del comienzo del juego, una oleada de personas entró en su tribuna, y otro tanto en la de enfrente. Flotó la sensación de que ese ingreso masivo obedecía a que no quedaran demasiados huecos en las tribunas. Los que entraron gratis convivieron con los que habían abonado 450 pesos la entrada más barata.
Colados y legales festejaron a la par el gol de Pity Martínez, una buena definición de derecha de un zurdo. No tanto Sebastián Rambert, el técnico del ¿local?, que se volvió loco por un foul de Ponzio en el comienzo de la acción que el árbitro no vio. Crucero también se lamentaba por las dos oportunidades que había perdido en el primer tiempo Pablo Stupiski, uno de los hinchas de River del plantel. Pero los dirigentes del club celebraban por lo bajo haber cumplido el objetivo de fondo: juntar los pesos que necesitaban para equilibrar el presupuesto.
No les importaba tanto si habían cedido la localía, y con eso aniquilado el deseo de los hinchas misioneros de ver a River: no todos los que lo deseaban pudieron hacer los 347 kilómetros desde Posadas.
El final de la noche envalentonó a los neutrales: “¡El que no salta, abandonó!”, le gritaban a Boca, que no estaba. Pero quién se iba a fijar en ese detalle.

Fuente: Cancha Llena.

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