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Mandiyú no está muerto, pero agoniza

Verlo a Mandiyú es la típica imagen de aquella persona que se debate entre la vida y la muerte, que quiere pero no puede, que sabe que cada minuto que pasa es uno menos.
Verlo a Mandiyú es como ver a aquel que se levanta por la mañana y dice hoy me llevo al mundo por delante, pero con el transcurrir de las horas lo del principio sólo quedó en una intención, porque no lo pudo llevar a la práctica.
Verlo a Mandiyú es ver un manojo de voluntades dispersas, algunas con más ganas que otras por vivir, otras dando claros signos de resignación, de que ya no vale la pena el esfuerzo de intentarlo.
Todo eso es casi un resumen del ver a Mandiyú hoy, prácticamente condenado al descenso.
Todo eso es lo que se viene observando en este último tiempo de Mandiyú, y que se volvió a vivir en la noche del miércoles ante Sarmiento, porque salió a jugar dando la imagen de querer sobreponerse a la adversidad, como queriendo demostrar otra cosa, de que aún tiene vida sin respiradores artificiales, pero lentamente con el correr de los minutos y al ver que su intento por levantarse y caminar se hacía infructuoso se fue entregando a su suerte.
Algunos le dan más pelea que otros a ese destino que parece irremediable; se ve, por ejemplo, que Esteban Valenzuela no se resigna a perder todo sin luchar, como también lo intentan hacer Rolando Pugliese o Maximiliano Ojeda dentro de sus posibilidades, o Hugo Troche en su soledad debatiéndose ante toda una defensa adversaria.
Después están los otros, que corren, pero que pareciera que interiormente ya están como autoconvencidos de que la suerte está echada. Esos son los casos de Leandro Altamirano, Paulo Valero y José Méndez, que juegan pero dan la impresión de que ya se sienten derrotados sin antes haber intentado dar pelea.
Por último está el grupo de los que ya bajaron la guardia y están esperando el cachetazo del nocaut, en él están Juan Aballay, Carlos Fragata y Francisco Riedmaier, esos a los que pareciera darles lo mismo ganar o perder una pelota. Ante Sarmiento fueron incontables los balones que perdió Aballay, saliendo a marcar fuera de tiempo y sin voluntad para sobreponerse ante la pérdida. Fueron incontables los pases mal dados de Fragata, como también las veces que perdió el balón, como aconteció en la jugada previa que terminó derivando en el segundo gol del elenco chaqueño.
Y de Riedmaier qué se puede decir, es un jugador con muchas limitaciones futbolísticas, pero a sabiendas de ello no pone la voluntad como para suplirlas, cuántas pelotas perdió de manera infantil, muchas, cuántos remates al arco tuvo, ninguno, hasta que Jarque dijo basta y volvió a apostar por la juventud de Saucedo.
Pero estos son manotazos que da el técnico en la desesperación, como el hecho de sacarlo a Jonathan Rougier del arco para ponerlo a Carlos Aquino, o como el cambio táctico de querer jugar con tres defensores sacándolo a Aballay y haciéndolo ingresar a Fernando González, pero el volante llevado por su propia impotencia aplicó un codazo que le valió la roja a sólo cinco minutos de haber ingresado.
Por supuesto, de esto Néstor Jarque no es responsable, es lo que le dejaron. El verdadero responsable de todo esto es el presidente Jorge Abib, quien fue el que se encargó de armar y desarmar este equipo.
La suerte de Mandiyú en esta temporada prácticamente está echada, el descenso es casi un hecho, el oxígeno que le da vida por medio del respirador artificial se agota, sólo le queda para unos días más.

Fuente: diario Época.

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