Crucero implementó una nueva idea ante Unión, ofreció muy poco ofensivamente y sobre el final se quedó con las manos vacías de local.
No convenció Crucero. No tuvo fútbol, ideas ni la determinación para llevarse puesto a Unión, volver a sumar de a tres y quedar a tiro de Primera División.
Por el contrario, cuando se aferraba a un pálido 0-0 que le permitía sumar, como querían todos en Santa Inés, llegó el gol del Tatengue y se vino abajo el castillo de naipes.
El Colectivero, que jugó su partido más flojo en cuanto a ambición ofensiva, ni siquiera pudo sumar el puntito que planificó en la semana y dejó pasar una gran chance de afirmarse arriba. No obstante, y pese a que cedió el liderazgo, mantiene serias posibilidades de conseguir uno de los cinco ascensos a la elite del fútbol argentino.
Crucero y Unión sabían de antemano la importancia de sumar. Sus técnicos lo reconocieron en reiteradas oportunidades en la previa, y durante el partido, adentro de la cancha, sus jugadores también entendieron que un punto era mejor que ninguno.
Así se jugó en Santa Inés. Del minuto cero al noventa y pico. Si bien cada uno respetó su libreto e intentó agredir con sus características armas, ninguno mostró la determinación de encuentros anteriores y siempre parecieron satisfechos con el empate.
En la previa, los entrenadores defendían su ideología y argumentaban la validez del punto, que dejaba a misioneros y santafesinos en lo más alto de las posiciones de la zona B del torneo de la Primera B Nacional.
Pero con 0-1, el sabor amargo se lo llevaron las más de cinco mil personas que llegaron al Andrés Guacurarí para ver un nuevo éxito del Colectivero y vieron un pobre desempeño del dueño de casa.
El novedoso 3-4-3 que implementó Gabriel Schurrer no dio los frutos esperados. Dardo Romero y Nicolás Olmedo fueron claramente superados en el círculo central del mediocampo, y Ávalos y Figueroa lejos estuvieron de conformar una dupla agresiva en ataque. El Tatengue, consciente de lo que significaba jugar de visitante ante el puntero, le cedió la pelota al local, pero demostró rapidez e inteligencia para salir rápido de contra.
Tal vez hubo un factor que complicó las cosas: el calor. Los más de 35° de temperatura conspiraron contra el estado físico de los dos, pero también quedó claro que del cerebro tampoco fluyeron las mejores ideas.
Ariel Cólzera, aun no en su mejor estado, fue el único que clarificó el juego en el local, y en su aparición más destacada habilitó magistralmente a Gabriel Ávalos, quien mano a mano con Nereo Fernández la tiró afuera. Unión, a los 18’, también acarició la apertura, pero Tito Caffa, con un monumental manotazo volador, le ahogó el grito a Enrique Trivero.
No hubo mucho más que esas insinuaciones prematuras, porque a partir de ahí el partido se desinfló. Tomala vos. Dámela a mí. Te la devuelvo. Siempre en zona de gestación, claro. No muy cerca de los arqueros.
Pese a la incapacidad para generar juego con ese 3-4-3 (o 5-2-3 en su defecto cuando había que defender), Schurrer decidió no cambiar el esquema, aunque sí los nombres. Con la inclusión de Nicolás Martínez, quien volvió tras el desgarro que lo marginó de los últimos partidos, por un estático e improductivo Figueroa, Crucero mejoró. Fue más vertiginoso y movedizo.
Las variantes, pese a sus síntomas positivos, no alteraron demasiado el desarrollo.
Recién a los 40’ el técnico volvió a las fuentes. Entró Torres por Rosso y se activó el 4-4-1-1. Pero segundos más tarde vino el centro aéreo, Sánchez le ganó una vez más por arriba a Tomasini y la pelota le quedó al ingresado Lucas Gamba, quien en el punto penal le dio de primera para inflar las redes del arco de un muy tapado Caffa.
Fue una de las últimas. Crucero no tuvo tiempo y mucho menos ideas para modificar su desconocido libreto y terminó pagando muy caro su poca ambición ofensiva. Está bien que el objetivo es sumar, incluso de a uno, pero Crucero no necesita cambiar para seguir en la buena senda. El Colectivero perdió el invicto en casa, perdió la punta y también sus ideas. Será cuestión de no perder la brújula. El horizonte todavía le sonríe.
Fuente: Gustavo Hollmann, El Territorio.




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