
El más aplaudido. Ariel Cólzera tuvo pocos minutos en los últimos partidos; sin embargo, su presencia, sus asistencias y sus goles fueron determinantes (Foto Facundo Correa, El Territorio)
El pasado 30 de junio, cuando en Santa Inés se pusieron en marcha los primeros movimientos de pretemporada, el cuerpo técnico que encabeza Gabriel Schurrer tenía en claro que el objetivo del equipo era el ascenso.
Después de haber mantenido la categoría casi de casualidad en su primera experiencia en la B Nacional y de haber sido protagonista en su segundo año, en Santa Inés querían que la tercera sea la vencida.
Pero había incertidumbre en la previa al inicio del campeonato. Las idas de Enzo Bruno y Juan Manuel Olivares, indudablemente dos jugadores explosivos y de buen pie, pero sobre todo la partida del goleador Pinti Álvarez, planteaban un alto grado de escepticismo respecto a lo que podría hacer el Colectivero.
Pero del mismo modo, teniendo en cuenta que cinco de once equipos conseguirían el objetivo, no hacía falta armar el mejor equipo, sino uno de los cinco mejores de la zona B.
Y Schurrer empezó a darle forma a “su” equipo. La mejor noticia fue la primera en llegar, y significó la rápida renovación de contrato del arquero Germán Caffa, quien se había destacado en el torneo anterior. Después se sumaron los defensores Julio Barraza y Nicolás Dematei, los mediocampistas Gabriel Chironi y Nicolás Olmedo y los delanteros Nicolás Martínez, Martínez Gamarra y Gabriel Ávalos.
Llegó casi la misma cantidad de lo que se fue. Faltó creatividad, volumen de juego y explosión ofensiva, pero sobró despliegue, proyecciones y empuje. Así, la balanza se equiparó. Y pese a la irregularidad, un toque de suerte y resultados ajenos desembocaron en el mejor lugar.
En las primeras seis fechas, Crucero alternó derrotas afuera y éxitos en casa. Ganar y perder alcanzaba para estar de mitad de tabla para arriba. Hasta que el 17 de septiembre se dio el esperado quiebre. Con la victoria en el Tomás Adolfo Ducó ante Huracán (2-0), el Colectivero no sólo le puso fin a una interminable racha de 10 caídas consecutivas jugando fuera de Misiones, sino que utilizó ese triunfo como trampolín anímico para los futuros juegos que iban a venir.
Crucero consiguió 17 puntos sobre un total de 21 y se trepó a lo más alto de la tabla de posiciones.
Arrancó la segunda ronda como único líder de la tabla y con 23 puntos en las primeras 14 fechas estaba acariciando uno de los ascensos. Necesitaba sumar al menos 7 en las últimas ocho fechas para garantizarse uno de los cinco lugares. La cosa pintaba bien.
Pero la fecha de descanso del 17 de octubre pareció no haberle favorecido. Cuatro derrotas (inesperadamente dos como local) en cinco presentaciones postergaron las ilusiones del público misionero. Crucero dejó la punta, cedió el invicto y progresivamente descendió al segundo, tercer y cuarto escalón de la tabla.
Y no llegaba de la mejor manera al desenlace. El buen colchón de puntos que había conseguido se había reducido a su mínima expresión, y a tres fechas del final sólo tres puntos lo separaban de Huracán, que días antes parecía condenado a un nuevo fracaso.
Y cuando el equipo estaba para un nuevo cachetazo, Ariel Cólzera le sacó brillo a su botín y el paraguayo Gabriel Ávalos marcó un golazo para el muy festejado 1-1 en Junín ante Sarmiento. Ese gol, ese empate y ese festejo en la antepenúltima fecha parecían valer mucho más que un simple puntito. Las posteriores derrotas de Huracán y Patronato no hicieron más que potenciar esa hipótesis.
Así, a dos fechas del final, Crucero estiraba a cuatro puntos la diferencia sobre sus rivales directos y tenía la oportunidad, inmejorable desde donde se la mire, de sellar el ascenso en casa.
Preparó el cotillón, se vistió para la ocasión y, goleada ante Patronato de por medio, armó la mayor fiesta de su vida.



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