Arsenio «Cheno» Verdún, el maestro

En el historial del boxeo misionero Arsenio “Cheno” Verdún se ganó, sin lugar a dudas, el mote de “maestro”, pues más allá de haber subido a los cuadriláteros para cruzar guantes dejó al pugilismo misionero las enseñanzas de un estilo distinto.
Emparentado con la técnica más depurada, del arte de defender y luego golpear, pero forjados en la horma del trabajo constante en los gimnasios, en la perseverancia y la profunda vocación y cariño hacia quienes hacen del deporte su mundo y su pasión.

Casualidades del destino
Nació un 16 de abril de 1929 en Candelaria y realizó su último combate el 7 de agosto de 1956 contra Juan Bautista Vera, en el antiguo y rudimentario estadio “El Ombú” de Jardín América, precisamente el día que nacía su hijo Rubén Oscar, otro de los grandes del pugilismo de la “tierra colorada”.

Combatió en el mítico Luna Park
Lo curioso de su trayectoria era que fue conocido en el ambiente boxístico como el “Guapo Verdún”, cuando con apenas 21 años disputó el Campeonato Argentino de Trabajadores en el mítico Luna Park, en época del “Mono” Gatica, Alfredo Prada, Rafael Merentino y Eduardo Lausse, y cronistas de El Gráfico le dedicaron unas líneas señalando que el “guapo misionero Verdún confía sólo en el poder de los puños, un producto típico de los luchadores de raza, siempre impetuoso, resistentes, avasallantes, áspero y dado de lleno a la lucha frontal”.

Subcampeón argentino
Desde esa época, donde llegó a la final y logró ser subcampeón argentino, Arsenio Verdún fue un clásico del boxeo misionero. Se midió en inolvidables cruces con Amiano, José Dávalos, Carlos Diblasi, Mario Jara, Silvano Ortellado, los hermanos Pereyra y muchos otros que se perdieron en el tiempo, pero hicieron escuela en la esquina de Belgrano y San Lorenzo, cuando el club Unión era epicentro de grandes veladas y allí funcionaba el gimnasio que dirigían pioneros del boxeo, como fueron Luis Sierra y los entusiastas Francisco Piscionere y Luis Bagilet.

El doloroso final en Corrientes
Desde el nacimiento de su hijo Rubén Oscar -quien hoy sigue sus pasos como maestro de boxeadores-, con apenas 27 años, inició su segunda etapa en la vida boxística y su aquilatada experiencia lo volvió generoso con sus pupilos, pero fundamentalmente fue dando paso “al maestro” que por vocación llevaba adentro.
Y fue así que trataba de ofrecerles las herramientas del bagaje técnico a sus alumnos, distinto a su propio perfil boxístico, pero más acorde, pues para triunfar se necesita mucho más que la guapeza.
Y así llegó el fatal desenlace, cuando en el marco de un Campeonato Argentino de Novicios, en los camarines del club Juventud de Corrientes, se descompensó luego de un bochornoso fallo en contra de Sergio “Ballita” Rodríguez y fueron testigos Hugo Romero (delegado) y los boxeadores Javier Ocampo, Oscar Correa, Eduardo Romero, Eduardo González y Hugo Boni.
Hasta el propio entrenador de Juan Ibarra, el afamado Mario Omar Guillotti, reconoció que había ganado “Ballita”, pero le dieron por perdido ante una silbatina generalizada en el estadio.
Y así, con la bronca a flor de piel, fueron a los camarines y allí, recostado en un rincón, se descompensó y atendiendo a su pupilo se desplomó lentamente y dejó de existir justamente en la fecha que se recuerda “El Día del Boxeador”: el 14 de septiembre de 1986. Que ironía o paradoja del destino, no.

Fuente: Julio López, Primera Edición.

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