A los 76 años, el posadeño Daniel Solís participó en las finales de tejo de adultos mayores. Recuerda con emoción cuando compitió en los mismos Juegos en 1951, jugando al fútbol para un equipo misionero y conoció a Perón y Evita.
Los chicos entraron por la Plaza de Mayo, recorrieron la Casa Rosada, subieron al primer piso y en un momento, recibieron la orden: bajar al patio interno, formar un círculo y esperar. Unas horas antes habían conocido el zoológico de Buenos Aires. O Buenos Aires, sin más. Vieron, entonces, cómo se les acercaban Juan Domingo Perón y Eva Duarte. El presidente los felicitó y les estrechó la mano, uno por uno, y la señora les dio un beso. Los anfitriones, después, los invitaron a pasar a un salón para tomar un chocolate.
Desde Mar del Plata, Daniel Solís, uno de los pibes de Nueva Argentina, aquel equipo de fútbol que representó a Misiones en los Juegos Evita de 1951 y que fue a la Casa de Gobierno, llama ahora a Rosa Theisen, su esposa, para saber cómo está ella y cómo anda todo en Posadas. No espera esta respuesta en el teléfono.
–¿Vos en qué andás? ¿Qué pasa con vos que me llaman y me preguntan cómo eras de chico? ¡Si yo ni te conocía!
Daniel, sangre guaraní, 76 años, autor de cuentos bajo el seudónimo Siles, que se publicaron en el diario misionero Primera Edición, participó en aquellos torneos infantiles y acá, en estos Juegos, compitió en la categoría pareja masculina de tejo para adultos mayores. Es uno de los pocos que repitió, y por eso le preguntan a su mujer cómo era de niño.
–Te puedo asegurar que hasta ahora siento la sensación del beso de Evita.
–¿Cómo fue aquella experiencia?
–Teníamos 15 años y salimos quintos. No te imaginás lo que era para mí, especialmente, jugar en la cancha de San Lorenzo, club del que soy hincha. Estábamos en el vestuario y vino el arquero, Mierko Blazina, y nos saludó. Conocíamos el fútbol a través de las transmisiones radiales de El Mundo y Splendid, nada más. Había imaginación. El relato que se hacía era bastante exacto y uno lo apoyaba con eso. A veces se gritaba “¡Penal!”, porque el locutor había dicho que era un foul-penal. Ahora veo a San Lorenzo y sufro. Jugamos en las canchas de Atlanta, en Independiente, en Huracán y en Boca. Ni soñábamos, por lo menos los dos que éramos del mismo barrio, Perico Segovia, el wing, y yo, el marcador de punta izquierda, venir a Buenos Aires a jugar a esas canchas. Ni fotos en el diario habíamos visto. A lo mejor alguna filmación de las películas, aunque no te enseñan cómo son los vestuarios, qué sensaciones tenés cuando pisás el césped.
–¿Cómo eran los Juegos?
–En la época que participé eran dos disciplinas: básquet y fútbol. Jugamos gracias al trabajo de quien fuera un gran número 9 de San Lorenzo, José Gasc de Vinsac, que trabajaba en el Ministerio de Salud Pública de Misiones. Él se dedicó a buscar en Posadas un equipo con chicos de distintos barrios. Jugábamos con tres defensores, dos laterales, un central, dos adelante, y después los delanteros netos, que no esperaban al área, no eran tan netos, porque buscaban y llegaban al área en bloque. Todavía nos juntamos a comer un asadito con algunos de los muchachos y recordamos todo: los partidos que ganamos y el baile que nos dio Santa Fe, cuyo equipo se llamaba Evita Estrella de la Mañana. El ala izquierda estaba formada por (Roberto) Puppo y (José) Yudica, que después brillaron en la Selección Argentina.
–¿Cómo era la vida en Misiones?
–Vivía con mis padres en el monte. Mi papá tenía obraje de madera. Recuerdo muy bien, tal es así que escribo algunos cuentos relacionados con esa época. En el monte no había nada. Teníamos la carne para cocinar al aire libre en una fiambrera, que era una caja colgada como si fuera una pajarera forrada de alambres chiquitos para que no entre ningún bicho; así se mantenía aireada todo la semana. Para enfriar la bebida estaba el pozo de agua, una vertiente que permanentemente salía. Cuando les cuento a mis hijos, me dicen: “Vos estás mintiendo, papá”. Vivíamos en Colonia Taranco, que recién se había explotado, a ocho kilómetros del pueblo Cerro Azul.
–¿Cuántas cosas cambiaron entre Juego y Juego?
–Acá hay mucha más gente. El otro aspecto es la atención. Nosotros estamos en un muy buen hotel, en pleno centro, y vamos a jugar en el extremo de la ciudad, en el club Mar y Sierras. Es muy meritorio que esos abuelos estén actuando de jueces, atendiendo la cantina, sirviéndonos. Acá lo más importante es hacer amigos de distintas provincias.
–¿Qué es para vos, entonces, el deporte?
–Estoy saliendo de un problema de salud muy feo. La entereza que me dio espiritualmente el deporte me ayudó muchísimo para salir. Son valores que le da el deporte a uno. Se ha reintegrado este sistema y ampliado, como ahora, con más disciplinas y con los adultos mayores, porque cuando llegamos a cierta edad no tenemos qué hacer. Uno con esto revive. Cuando estos chicos sean viejos como yo, van a recordar muy bien el momento que pasaron en Mar del Plata gracias al deporte.
Fuente: Roberto Parrottino, Tiempo Argentino, El Gráfico.




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