
Mariscal ascendió a la B y festejó a lo grande, pero no se olvidó de agradecer: el último domingo el equipo completo viajó a la Basílica de Itatí (Foto gentileza de Carlos Pereyra)
La leyenda data de enero de 1986, un par de meses antes del Mundial de fútbol. Para acostumbrarse a la altura de México, la selección de Carlos Bilardo desembarcó en Tilcara, Jujuy, un pueblito de apenas 6 mil habitantes que, de repente, encontró en la cancha de la vuelta de la esquina a Maradona, Valdano, Pumpido y el resto de las figuras del equipo.
Cuentan en el norte argentino que, entonces, los jugadores le prometieron a la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral que si salían campeones volverían para agradecerle. Meses después, efectivamente, Maradona alzó la copa, pero nadie de aquel equipo jamás regresó a Tilcara. Los que creen dicen que por esa deuda impaga las selecciones nacionales jamás pudieron repetir el campeonato.
Creer o reventar. Y los muchachos de Mariscal Futsal prefieren creer. Por eso, después del ascenso que consiguieron a la categoría B del futsal posadeño, quizás para evitar la maldición, pero más que seguro para agradecer, el equipo completo viajó el último domingo a la Basílica de Itatí, en Corrientes, donde dejaron en claro que la fe también tiene que ver con el deporte.
No será Bilardo, pero Carlos Pereyra al menos comparte el nombre de pila con el “Narigón”. Eso sí, el tiene bien en claro a quien agradecer por el éxito deportivo de su equipo, que arrasó en la C, donde jugó 16 partidos y sólo perdió uno. “Salimos para Itatí el domingo a las 4.30 desde el club San Miguel, donde entrenamos. Nos fuimos en cuatro autos, siempre a pulmón, con el sacrificio y el esfuerzo de todos los jugadores y el apoyo de varios familiares”, le contó a SÓLO FUTSAL el ex jugador transformado ahora en entrenador y manager.
Pereyra reconoce que el viaje en un principio se complicó, pero nada, ni la lluvia que cayó el domingo en la región, finalmente pudo detenerlos. “Fuimos a agradecer por el ascenso. Y queríamos ir todos, pero algunos por ejemplo trabajaban. Al final, pusimos fecha, las cosas se arreglaron y no faltó nadie”, contó Carlos, que divide sus horas entre el trabajo y el fútbol de salón, su principal pasión.
Después del agradecimiento –“cada uno dejó su rezo”, asegura Carlos- el equipo compartió el almuerzo y brindó por el ascenso. Cuando el sol comenzaba a caer en Itatí, Mariscal emprendió el regreso a casa, donde ahora ya piensa en los cuartos de final y la carrera al título de la divisional. “La promesa está. Si salimos campeones vamos a volver, de eso estoy seguro”, sentencia Pereyra, convencido de que la fe mueve montañas, hace milagros… y logra ascensos.
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