La felicidad es contagiosa

Foto para el recuerdo. Alan, Cristian y Diego junto a los profesores Espíndola y García disfrutaron de la ciudad Feliz (Foto El Territorio)

Foto para el recuerdo. Alan, Cristian y Diego junto a los profesores Espíndola y García disfrutaron de la ciudad Feliz (Foto El Territorio)

Si se escucha una risa fuerte, aplausos de fondo, chistes y como ambientación música para bailar, no había dudas que detrás de todo estaba Alan. Pícaro y activo como pocos, el atleta de San Vicente es “el alma” de la fiesta donde vaya y además este espíritu contagioso lo trasladó también a la pista de atletismo en los Juegos Evita donde cosechó oro en lanzamiento de bala y fue cuarto en carrera, en una distancia de 80 metros.
La historia de Alan Ríos, de 14 años, perfectamente puede ejemplificar la vida y el cambio sumamente positivo que le dio los Evita a los 32 atletas especiales que representaron a Misiones, una semana atrás en Mar del Plata.
En su silla de ruedas, Alan apareció y desapareció de todos los rincones del hotel dejando una anécdota para contar. “Me hice amigos con todos los chicos, yo más que nada no estoy en los Evita para ganar un oro, si gano mejor porque entreno para eso, pero vengo a estar con mis amigos que no puedo ver todos los días y conocer gente nueva y en mis mismas condiciones”, reflexionó el atleta.
El cambio diario y la calidad de vida que le brindó al misionero participar, por segundo año consecutivo, en los Evita fue un antes y un después en su historia personal.
“La gran experiencia para todos el año pasado fue el gran salto hacia su autovalidez porque no se había despegado de su madre, no se había cambiado el pañal en su vida, no se había bañado solo, ni estando solo tanto tiempo y esto le trajo un beneficio para él y para su mamá”, explicó su profesor Javier Espíndola.
Alan y su mamá Ema viven solos en San Vicente, tiene dos hermanas mayores que ya no están bajo el mismo techo, y se las arreglan para salir adelante y ser felices, algo que se vio en Mar del Plata en el ánimo de este gran guerrero.
Pero no fue algo fácil para ambos separarse, romper con los lazos y dar paso a que Alan pudiera darse cuenta que podía arreglárselas solo, viajando y compitiendo lejos de casa.
“Mi mamá en mi primer Evita me contaron que toda la semana no paró de llorar, me mandaba mensajes; pero ya este año estuvo más tranquila porque se dio cuenta que me hace bien venir. Ahora, después de estos Juegos todo el mundo me conoce, los fines de semana nunca estoy en mi casa porque desde que empecé los Evita comencé a salir solo y antes sólo lo hacía en auto”, destacó el atleta.
Y luego agregó: “Yo tuve la enfermedad meningocele, se la conoce como joroba de toro, porque crece para afuera de la piel, yo no tengo la joroba porque me operaron de bebé pero hay chicos que sí la tienen. A mí me afecta el riñón, pero yo me las arreglo porque soy capo (risas) y estoy acostumbrado. Además, mi mamá trabaja todo el día, es maestra jardinera, así que me las tengo que arreglar”.
Lo que se percibe en Alan apenas uno lo conoce es que logró naturalizar su discapacidad “yo soy un chico más, además de lo deportivo voy al boliche y salgo con la gurisada e intento hacer todo”, dice y lo demuestra constantemente.
Asimismo, también se conmueve con las historias del resto de sus compañeros: “Cuando veníamos en el colectivo a Mar del Plata me sorprendí porque venía con Marcelo, que es ciego, y empezó a usar la computadora re bien, me quedé con la boca abierta”.
Además, de Alan, San Vicente dijo presente con Cristian Klein, que tiene parálisis cerebral, y fue oro en lanzamiento de bala y en los 150 metros carrera; y Diego Soma, sub 18 motor, que también tuvo su presea dorada en salto en largo y fue plata en los 80 metros llanos.

El entrenamiento del campeón
Los buenos resultados de Alan en los Evita, no llegaron “gratis” fueron producto de dos años de entrenamiento, en una rutina que hace mayormente en su casa, y que también es acompañada en el asfalto frente a su escuela.
“Entreno más que nada en mi casa, y una vez a la semana nos juntamos con Javier (su entrenador) y me da una rutina de trabajo para los brazos, abdominales y la cadera para movilidad de la bala y salgo mucho con la silla por todo San Vicente”, explicó Alan.
El misionero, que actualmente cursa el primer año de la secundaria de la Escuela Normal Superior Nº3, fue “descubierto” en la primaria por Espíndola que vio en él una “dinamita”.
“Alan tiene una discapacidad de la cintura para abajo pero tiene una dinámica muy especial es un chico que se mueve mucho es muy persistente, es una dinamita”, subrayó su entrenador.
Además, tras el oro en lanzamiento de bala, Alan fue invitado para ir el año que viene al Cenard con el equipo de silla de rueda.

Obstáculos y mucho corazón
Las veredas no están preparadas, los edificios públicos tampoco y movilizarse en silla de ruedas se hace difícil en cualquier parte del país, aunque en la provincia, con calles de tierra y poca adaptación para los discapacitados, esto se vuelve más complicado aún.
“Yo lo que siento es que además de no estar adaptada la ciudad, lo que más me duele es que la gente de San Vicente es muy egoísta, en mi caso ahora ya no porque me conocen, pero hay otra chica que anda en silla de ruedas, que muchas veces quiere subir unos escalones o ir a alguna parte y nadie va y la ayuda, no se solidarizan y una mujer no tiene la fuerza en los brazos para subir sola”, reflexionó Alan.
Y añadió que “hay que adaptar las calles, las veredas, cuando vengo acá a Mar del Plata me muevo feliz. Además, en San Vicente no tenemos lugares para entrenar, hay polideportivo pero sólo para gente que no tiene discapacidad, no está adaptado para todos”.

Mejorar la calidad de vida
Para el profesor Javier Espíndola, lo importante de estos Juegos Evita es que mejoren su calidad de vida y la de su familia al poder realizar cosas solos.
“En discapacidad lo más importante es que mejoren su calidad de vida y el autovalimiento. Que tengan relaciones sociales; en el caso de Alan él es muy sociable y va elaborando un perfil para su vida, viviendo cosas diferentes y viendo donde puede canalizar su vida. Todas estas ventajas trae haberse metido en el deporte y llegar a los Evita”, destacó Espíndola.
Lo que se pudo ver en esta final de los Juegos Nacionales es que deja un beneficio y una enseñanza en todos los deportistas. “Pero en este tipo de personas el doble, porque siguen siendo discriminados, se manejan en un círculo cerrado, los padres se cierran por desconocimiento y miedo y estas cosas producen un despliegue”, marcó el profesor.
Y Espíndola sabe de lo que habla. Su hijo tiene parálisis cerebral y el año pasado cumplió uno de sus sueños de estar juntos en los Evita.
“Tener a mi hijo con una discapacidad me llevó a estar hoy con los chicos, desde ahí empiezo a encontrar en esto una vocación y una responsabilidad moral”, describió el profesor.
Si bien desde el 2004, Espíndola lleva alumnos a los Evita,el año pasado estar junto a su hijo lo hizo reflexionar sobre muchos aspectos.
“Me costó despegarme, fue una prueba para mi dejarlo solo en la pista. Y me di cuenta que es muy difícil para los padres dejar venir a sus chicos” finalizó.

Una silla para el campeón
Actualmente Alan tiene una silla muy precaria e incluso dando esta ventaja, pudo terminar cuarto en la carrera de los 80 metros; pero su preparación es muy dura como para conformarse con algo si sabe que puede llegar más lejos.
“En carrera no gané por el tema de la silla, necesito una especial, y no es fácil conseguir. Nosotros averiguamos y estaba 18 mil pesos. Por ejemplo el chico que ganó la competencia tenía triciclo, mucho mejor todavía y un triciclo cuesta 20 mil pesos”, señaló Alan.
El monto no es alto teniendo en cuenta los sueños, las expectativas y el trabajo que hay detrás del campeón que en lanzamiento de bala fue oro; pero la adrenalina de estar en la pista y participar de la carrera, lo inspiran aún más.
“Me gusta más carrera y espero poder seguir creciendo a nivel deportivo y soñar por ahí en estar en un Juego Paralímpico”, se ilusiona el atleta de San Vicente.
“Cuando terminé cuarto no me enojé, el chico que me ganó era un compinche que me hice acá, que es de Tierra del Fuego, antes de empezar la carrera nos pasamos la mano y bueno, terminé tranqui, no hay rencores entre nadie, sólo con la silla”, dijo y soltó una carcajada.

Fuente: El Territorio.

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