
Los luchadores del barrio Santa Lucía suman experiencia a nivel internacional. Arrancan a corta edad y rápidamente se contagian de los referentes de la disciplina en Misiones (Foto: Facundo Correa, El Territorio)
El Salón Comunitario del barrio Santa Lucía se transformó en los últimos años en la cantera de la lucha olímpica no sólo de Misiones, sino también de la Argentina, ya que la provincia es una de las delegaciones que más aporta a los seleccionados argentinos en las distintas categorías.
Tal es así que varios de los chicos que practican, en el marco de la Escuela Municipal de Lucha a cargo de Adrián Báez, arman y desarman valijas yendo a competencias en distintas partes del mundo, algo impensado para muchos.
“Gracias a la lucha muchos de nosotros pudimos viajar a otros países y contagiamos a los que recién comienzan a que se entusiasmen. Para mí la lucha es una forma de vida”, explicó Alejandra Brítez (15), una de las perlas que tiene la lucha nacional, que estuvo residiendo medio año en el Cenard, en Buenos Aires, pero que regresó porque “allá es todo muy frío”.
También hay otros misioneros, como los hermanos Eduardo y Agustín Lovera, que siguen luchando en el Cenard. Recientemente Eduardo, junto a otro Agustín, en este caso García, estuvieron en una concentración en México cuando se vivieron momentos de terror con el terremoto y luego, casi sin escala, ambos partieron a Santiago de Chile junto a la selección para los Juegos Sudamericanos Escolares.
Así, las historias se van sumando para los luchadores locales, que en el entrenamiento arman un circuito entre los que hacen ‘tope’ en la colchoneta, los que levantan pesas, otros trabajan sus abdominales y el círculo se hace interminable. Pero en un parate, el grupo compuesto en su mayoría por adolescentes, se presta a compartir sus experiencias y sus sueños sobre todo ante la inminente clasificación a los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, y varios son parte del programa nacional aspirando a representar al país.
“Aprendí muy rápido, fue una experiencia muy buena, estoy muy feliz y dando lo mejor para clasificar a los Juegos”, resaltó Magalí Bogado (categoría 57 kilos), una de las luchadoras de apenas 15 años pero con una madurez que sorprende.
Magalí, como la mayoría de los chicos, tuvo su puntapié inicial en los Juegos Evita y de allí no paró, ya que su vida se modificó de la noche a la mañana en distintos aspectos.
“Antes era más gordita y chiquitita, ahora estoy pesando lo mismo, pero tengo mayor masa muscular y estoy más alta; en cuanto a la competencia primero fueron los Evita y estuve en el Panamericano, en Buenos Aires, ahora aspiro a clasificar en noviembre a Guatemala para ver si consigo un lugar en los Juegos el año próximo”, explicó.
Magalí cursa en la Comercio Nº 6, luego entrena a la tarde y también cuida a su hermanito “mientras mi mamá trabaja, porque tengo padres separados y yo vivo con él”, compartió esta guerrera.
En cuanto a hacer lucha olímpica, un deporte tal vez no muy practicado por mujeres en el país, Magalí resalta que ante el asombro de la gente “lo tomo natural, acá no tengo rivales con el mismo peso y lucho y entreno con los varones, es duro, pero así levanto mi nivel”.
Actualmente los misioneros dentro del proyecto olímpico son Magalí Bogado (57 kilos), Patricia Sosa (43), Alejandra Brítez (49) y los varones Eduardo Lovera (45), Agustín García (48), Nicolás Lovera (60) y Mauricio Lovera (55), todos ellos menores de 18 años, la edad máxima para competir en los Juegos de la Juventud que tendrá el año que viene como sede a la capital del país.
“Se muestra como son en la vida”
Por su parte, el entrenador Báez es un apasionado por la lucha y tener a tantos chicos en la selección hace que sienta que el camino es el correcto y justamente sus hijos Ricardo y Nicolás le mostraron que su herencia fue tu tenacidad y representan al país en la elite del planeta en lucha, hace varios años.
“Esto es mi vida, yo me pongo feliz cuando ellos crecen y cumplen metas”, rescató el entrenador, que rápidamente tiró una frase que lo marca como maestro observador: “Yo lo pongo a un chico a luchar acá y te digo cómo es en su casa, lo que es él, porque se ve todo… muestra si uno es agresivo, si es pasivo y va para adelante, en la colchoneta salta todo y sobre eso se trabaja”.
Claro que no es tarea fácil; Báez trabaja con adolescentes que llevan a sus espaldas la presión de mantenerse entre un puñado de atletas con gran proyección, mismo sentimiento que tiene su entrenador y tuvo que amoldarse a los tiempos en los que están atravesando sus alumnos.
“Trabajo con pasión, soy el primero en venir y el último en irme… me preocupo por lo que comen, tengo que hacer de psicólogo, preparador físico, entrenador y entre otras ocupaciones pero me gusta, a ves rezongo también porque son chicos y están en una edad de crisis y crecimiento”, señaló Báez.
“Esto es algo que se ve tras los viajes. Al principio cuando ellos vienen no hablan del tema, pasan por un proceso y a los diez días es como que empiezan a recordar, hablar del tema y recién se dan cuenta de lo que pasaron, no lo procesan en el momento. Ahora ya con todos los viajes ellos sí ya van puliendo cosas”, explicó.
Asimismo en lo que conlleva mantener al grupo unido, Báez explicó que “lo importante es que entre ellos se lleven bien y sean un grupo unido; que estén esperando el momento para venir a entrenar contentos, no que digan ‘uh llegó la hora de ir’ como si fuera un peso, sino una fiesta. Acá charlan sus cosas y tienen su espacio y yo se los doy. Cuando tengo que entrenar también hay que ponerse firme y buscar un equilibrio y yo me tuve que adaptar a ellos, no puedo ser duro todo el tiempo porque no es la realidad que tienen otros países más desarrollados en la lucha”.
Y agregó que “mucho copié de giras en los certámenes y fui aprendiendo de otros lugares, pero vivimos otras realidades, hasta la alimentación no es la misma que tienen otros países, la idiosincrasia y la familia juega un papel fundamental en esto porque si un chico se tuerce un tobillo jugando al fútbol no pasa nada, pero si se lastiman acá siempre hay alguien que grita ‘y también donde la mandaste a hacer deporte’, aunque en el fútbol y vóley haya más lesiones que en lucha”.
También Báez tuvo palabras de cariño y admiración para con su hijo Ricardo, que ya tiene un peso internacional y aspira a clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.
“Ricardo fue muy importante en todo esto, primero la importancia porque los padres ven adónde llegó, y para los chicos es su ídolo, un referente ¿y dicen ‘quiero ser así’, eso también ayudó mucho; cuando Ricardo viene acá ellos lo ven como a su ídolo y él es afectuoso, juega con ellos, esto es una gran familia”.
Chicas guerreras
Camila Sosa sólo tiene 12 años pero el oro en los Evita, el año pasado, la lleva a tener objetivos muy claros de lo que quiere. “En los Evita demostré que la lucha era lo que quería para mí y además se lo demostré a mi familia, porque primero no querían que hiciera lucha hasta que después de a poco los fui convenciendo”.
Sentada al lado, Alejandra Brítez comparte la emoción de Camila porque ella ya pasó por esa adrenalina inicial, arrasó con los Evita y luego los Argentinos y los entrenadores nacionales no tardaron en poner sus ojos en ella.
Pero para Alejandra esas grandes condiciones que tiene arriba de la colchoneta, que este año la tuvieron en torneos internacionales por Suiza y Alemania, donde obtuvo medalla, la llevaron muy rápido a tomar decisiones como vivir en el Cenard y de pronto sentirse sola.
“Es solitario, y el entrenamiento para mí era frío, yo acá me divierto y entreno con mis amigos y decidí volver, sé que allá todo queda más cerca y los entrenadores prefieren que uno esté allá pero no me sentía cómoda”, dijo con total honestidad.
De todas maneras sigue trabajando duro acá para llegar lo mejor posible al 23 de noviembre, fecha en la que se hará en Avellaneda, Buenos Aires, el primer selectivo para que los campeones argentinos representen al país en los JJ.OO. de Juventud.
“Yo quiero llegar a los Juegos del año que viene si puedo lograr una medalla, mejor. Me pusieron la cabeza los Juegos Olímpicos 2018 y al principio tuve mucha presión primero por rendirle a mi mamá, por el esfuerzo que hace, pero ahora estoy como obsesionada por sentir el orgullo que hice algo por mi propio esfuerzo y enfrentar a cualquier chica porque si bien son fuertes arriba de la colchoneta es una persona en carne y hueso como yo”, rescató.
Alejandra se sumó a la lucha allá por el 2014 con su presentación en los Juegos Evita y desde ahí no paró “por ahí hay chicas que ven y dicen ‘estas son unos animales’ pero es una costumbre nomás esto de aprender a caer, a soportar los golpes y para nosotras es normal”.
De esta manera, Alejandra, con sólo 15 años, ya es motivación para Camila, que la escucha atenta ante su inminente partida el domingo, junto a otros compañeros, rumbo a sus segundos Juegos Evita en Mar del Plata, en donde los misioneros son vidriera para luego formar parte en la selección como viene sucediendo hace años.
“Viajar a un primer Evita era emocionante. Yo publicaba por todos lados y desde ahí te empiezan a ver los entrenadores, te empiezan a llamar para viaje y eso está bueno. Además, este deporte es muy lindo, si un chico tiene problemas es ideal que lo haga porque te alivia un montón este deporte, es un estilo de vida”, finalizó Brítez.
Fuente: El Territorio.




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