
Bajo una temperatura agobiante, Independiente y Talleres de Córdoba abrieron el año con un empate 1 a 1, en un partido disputado en Avellaneda, que marcó el regreso a la actividad del árbitro misionero Néstor Pitana.
Se fue mascullando bronca el público local por un empate que lo aleja de los puestos de clasificación para la Libertadores del año próximo. Y apenas esbozó una sonrisa leve el conjunto de Juan Pablo Vojvoda, que se llevó un punto sin hacer nada del otro mundo.

Hay muy pocos excesos que puedan resultar positivos. La mayoría, a la corta o a la larga, acaban ocasionando perjuicios. El calor, como cualquier otro factor climático, se encuentra entre estos últimos. Una sensación térmica superior a los 36 grados a la sombra y un buen puñado más bajo un sol implacable son un atentado contra el fútbol. Cualquier intento por mantener un ritmo sostenido, cierta regularidad en el juego e incluso una actividad individual constante se convierte en una quimera. Más aún cuando la temporada da sus primeros pasos.
Independiente y Talleres se encontraron con esta circunstancia, y la verdad, hicieron lo que pudieron. Que fue más de lo que podía suponerse mirando el termómetro, pero bastante menos de lo que podrían hacer en condiciones normales. Entonces armaron un partido de momentos, con ráfagas de intensidad y de quietud, con un control cambiante, con maniobras lujosas mezcladas con imprecisiones fuera de libreto.
En ese contexto, el Rojo siempre dio sensación de superioridad. Por mayor técnica en el manejo de la pelota, cuando pasaba por los pies de Pablo Pérez (jugó una hora, no brilló pero dejó algunos brochazos de calidad, se comportó como un dandy y se retiró muy aplaudido), Hernández y el Chino Romero. Por el ímpetu de Cerutti, Bustos y Sánchez Miño. Por la intención de asociarse y progresar en bloque.
Lo ayudó, sin duda, la pronta ventaja en el marcador. Por una vez, el equipo de Holan aprovechó un arranque vertiginoso, y luego de una excelente jugada que empezó por la derecha y terminó del otro lado con un penal de Herrera a Hernández, Silvio Romero puso el 1-0 a los 9.
Talleres se movió al compás de lo que pasaba con su rival. Crecía y se empequeñecía en la medida que el local apretaba o aflojaba. Y se las ingenió para generar dudas en la defensa local cuando le tocaba su turno, gracias a la brújula de Guiñazú y las buenas prestaciones de Bersano y Ramírez por la izquierda. Ocurrió durante un rato en el primer tiempo y Campaña debió revolcarse un par de veces. Volvió a suceder en el complemento, cuando después de la salida de Pérez, Independiente perdió el mediocampo, se agotó físicamente y le dio alas a su rival.
Así, a los 78 y tras un error colectivo del Rojo de punta a punta de la cancha (el más grosero fue el último, un pésimo despeje de Bustos que habilitó a Palacios), el equipo cordobés alcanzó el empate final, un resultado casi lógico cuando se hace lo que se puede porque el calor gana por goleada.




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