
El periodismo deportivo nos ha permitido a muchos hombres y mujeres del interior que desarrollamos la tarea, cumplir con objetivos que enriquecen nuestro conocimiento y entender algunos fenómenos culturales difíciles de explicar.
Algo de esto nos pasa con el arribo de Lionel Messi al fútbol de los Estados Unidos y, hace ya una semana, tuvimos la fortuna de ser testigos presenciales de su debut en partidos de la MLS, ante New York RB y en el Arena Red Bull de New Jersey.
Ni bien rumbeamos hacia el estadio que se encuentra a pasitos de la estación ferroviaria de Harrison y que fuera inaugurado en el 2010, tuvimos la sensación de acercarnos a cualquier escenario futbolístico argentino, por el gran despliegue de gente que se dirigía al lugar entre cientos de puestos de venta de choripanes y empanadas voceadas al mejor estilo de nuestros canillitas de los años 60-70, latinos y argentinos en particular que vendían camisetas con la 10 del Inter Miami y ritmo de cuarteto en los potentes parlantes que amenizaban aún más ese mundo increíble que existe en los alrededores de una cancha.
Es decir que, sorprendidos, fuimos hasta la ventanilla en la que debíamos retirar nuestra acreditación donde en un perfecto «spanish» nos atendió una joven estadounidense con la camiseta de los «Toros Rojos».
Familias enteras tomadas de la mano (algunas con integrantes que lucían los colores de los dos elencos a enfrentarse), niños, mujeres, hombres todos juntos y sin que la policía interviniera para separar los accesos de los hinchas, formaban un maremoto humano que tenía como único objetivo ver en acción al mejor futbolista del mundo.
Confieso que no observé a más de 100 efectivos uniformados para garantizar el orden, porque el común de la gente lo entiende y respeta sin necesidad de que la fuerza de seguridad deba advertirlo. Otro mundo…
La capacidad para 25.189 espectadores, el segundo específico para fútbol con mayor aforo del país, por detrás del StubHub Center de Los Ángeles, se fue colmando paulatinamente y, cada tanto, el grito de «Meeeeesi… Meeeeesi» nos hizo sentir cada vez más cómodos en nuestra posición, perfectamente identificada como lo ilustramos en la nota.
Del partido que terminó 2 a 0 en favor del Inter, no es necesario ocuparnos, porque toda nuestra atención estaba puesta en lo que genera ese rosarino de apenas 1,70m, dueño de una zurda mágica única, capaz de encandilar defensores rivales como espectadores en simultáneo, con apenas un amague.
Cualquier ataque generado con espacios desde mitad de cancha, es celebrado casi como un gol pero, en un desarrollo trabado en la mitad de la cancha, aburría, por lo que la mayoría de los que estaban sentados se unían en un pedido repetido hasta el hartazgo hacia Gerardo Martino, el técnico del Inter: «Meeeeesi… Meeeeesi». Y aquí no sólo eran los hinchas visitantes los que aclamaban por el genio argentino que estaba sentado en el banco de relevos, junto al español Busquets, no. El estadio reclamaba por el ingreso de Lionel, el único futbolista por el cual los aficionados habían pagado hasta 1.000 dólares los días previos, cuando se agotaron las entradas.
Más argentinos nos sentimos cuando, después del gol del paraguayo Diego Gómez, los hinchas de los «Toros Rojos» comenzaron a interpretar canciones de canchas albicelestes, arengando a su equipo en busca del empate y pidiendo «Ustedes pongan hueevoos que ganamos, nosotros desde aquí los alentamos…», en un perfecto español que imaginamos surgía de las bocas de miles de inmigrantes sudamericanos que han encontrado en este «soccer» su fiesta dominguera que los hace extrañar menos aquellos fines de semana en sus países de origen, vividos con una intensidad difícil de entender por parte de los estadounidenses, que recién ahora comienzan a entendernos por qué somos tan apasionados, porque es Messi el vínculo interpretativo.
Tanto reclamo popular y las circunstancias del partido, llevaron a una gritería infernal cuando a los 13 minutos del complemento Martino lo llamó a Messi para darle las últimas instrucciones y, un minuto después, el estadio todo estalló de felicidad cuando Lio reemplazó a Leonardo Campana, quedando como único delantero, ya que el Inter se replegaba en la cancha y defendía la victoria parcial.
La primera corrida de Messi, con su habitual slalom, levantó de sus butacas a la gente, entendiendo que el grito de gol se acercaba, pero esa y las siguientes, terminaban en la nada misma.
El partido se moría y el público se estaba resignando a la vuelta a casa sin ver el primer gol «oficial» de Messi en la MLS, hasta que la magia se hizo presente en el Arena Red Bull, en ese freno que paralizó a los defensores, en esa pelota puesta milimétricamente para la llegada de Benjamín Cremaschi, quien le devolvió el balón con otra genialidad, para que el rosarino la acariciara a la red, poniendo el 2 a 0 definitivo.
Fue el éxtasis, la locura total de un escenario que pasó varios minutos coreando «Meeeeesi… Meeeeesi», con total justicia, porque la gente había asistido esperando ese momento, único, irrepetible, que guardaremos eternamente en nuestras retinas y oídos.
La experiencia norteamericana de Lionel Messi recién comenzó. No imaginamos como seguirá y terminará pero de algo estamos seguros. Messi llegó para revolucionar al soccer y el inicio parece darnos la razón a los que creemos que ello será posible.
Nuestro agradecimiento muy especial para Erika Mora, responsable de prensa de New York RB, por todas las atenciones recibidas el sábado 26 de agosto.
Fuente: Roberto Morales, editor de Deportes Misiones.





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