El joven de 15 años fue recibido por familiares y amigos luego de conquistar la presea de bronce en Panamá. “Son los tres años que vengo entrenando, las noches sin dormir, las veces que no salí, significa mucho”, se emocionó el posadeño.
Lo están esperando. Apenas aterriza el avión todos se preparan. Se abren las puertas del aeropuerto y Román Talavera se funde en un abrazo que tiene contenido hace días con los suyos. Con su familia, con sus amigos. Desde que se subió al podio en los Juegos Odesur de la Juventud que piensa en ese abrazo.
El posadeño de 15 años regresó a casa después de demostrar y demostrarse que es una de las promesas del deporte argentino que poco a poco se va transformando en una realidad. Al misionero le tocó medirse con deportistas más grandes y estuvo a la altura.
Visiblemente emocionado, el posadeño aprovechó para valorar todo lo que hubo antes de colgarse la medalla. “Significa mucho. Son los tres años que vengo entrenando, las noches sin dormir, las veces que no salí, las veces que pensé en dejar el deporte. Significa muchísimo”, sintetizó.
En medio de la emoción dejó entrever que en el proceso hubo dudas, miedos, y hasta apareció el fantasma de querer dejar. “Pensé en dejar por presión, porque no me salían las cosas, porque pensaba que no daba la talla”, reconoció Román.

La medalla que le cuelga en el pecho demuestra lo contrario. A sus 15 años se midió contra otros, contra deportistas más grandes y con más recorrido y no falló. No solamente estuvo a la altura, estuvo en la pelea y demostró que tiene con qué para seguir en el mundo del levantamiento de pesas.
“Me sentí muy bien, gracias a los entrenadores que estaban ahí, me ayudaron muchísimo desde lo mental. Estaba muy bien. Sentí que era yo con la barra. Éramos la barra y yo y nada más”, recordó sobre la competencia en Panamá.
“Maso o menos caigo (respecto de la medalla ganada), pienso que serán días de mucha alegría, de llanto, pero sobre todo de alegría y de festejo”, cerró el medallista posadeño que volvió a casa de la mejor manera.
El Torito, como lo llaman sus amigos y familiares, ahora sueña en grande. Pasaron los momentos de dudas, de incógnitas, que lo hicieron más fuerte. Pasó el miedo de sentirse a la altura y ahora queda seguir por la misma senda, pero con la certeza de que va por buen camino y de que lo hecho valió la pena.
Fuente: El Territorio.
Fotos: Agustina Vera.



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