Hay quienes dicen que con el tiempo, todo pasa. Otros sostienen que a la distancia se toma real dimensión de las cosas. Arsenio Erico es historia y es presente, porque su estela pasó ayer por esta ciudad rumbo a su morada final en su país y dejó de manifiesto su vigencia aunque haya corrido mucha agua bajo el puente.
Y bajo el féretro que este jueves trasladó sus restos para que, casi 33 años después de su muerte, descansaran en Asunción corrió el embravecido río Paraná, que marcó su despedida de la Argentina, tierra en la que desplegó su talento para inscribir su nombre en lo más alto de la tabla de artilleros, logro jamás superado.
Anotó 293 goles con la camiseta de Independiente en las décadas del ‘30 y el ‘40, y ello es suficiente para hacerse merecedor de un reconocimiento imperecedero, pero el recuerdo de un futbolista de fábula más allá de sus tantos y de “un caballero”, como lo definen quienes lo conocieron, es la perenne marca que convocó a un importante número de hinchas del Rojo y de residentes paraguayos en la cabecera del puente internacional San Roque González de Santa Cruz.
Con emotivos momentos en un sencillo acto, la fría mañana tomó calor y un solo color, el de los diablos.
Los mayores aplausos y vítores se los llevó un fanático de Independiente que lamentó no haber pertenecido a las generaciones que disfrutaron del delantero guaraní. José Luis de Avellaneda Benítez destacó la capacidad goleadora de Erico, que no tuvo mayor repercusión porque “en ese tiempo no había televisión, no había tanta prensa; tal vez te equivocaste de época, o tal vez me equivoqué yo por no haberte visto”.
Esas declaraciones hicieron crecer en intensidad el cántico que entonó la hinchada de Independiente tras la muerte de su ídolo, en 1977, y que se repite cada vez que un homenaje trae a la memoria al goleador.
Ese “se siente, se siente, Erico está presente” comenzó tímido y dormido en la mañana posadeña y atronó eufórico y emocionado con el correr de los minutos.
Al lugar que se merece
El operativo de repatriación se completará hoy, cuando su féretro sea colocado en un mausoleo del Museo de Fútbol ubicado en el estadio de los Defensores del Chaco, en la capital paraguaya.
Sin embargo, comenzó varios años atrás y se concretó tras arduas gestiones de parlamentarios del vecino país.
El coordinador de la comisión “Arsenio Erico Vuelve”, el abogado Blas Del Puerto, destacó la tarea de la diplomacia paraguaya para lograr el traslado y agradeció, en nombre del pueblo paraguayo, el trato prodigado al futbolista.
“Además de un gran goleador, Erico fue todo un caballero, un hombre recto y un verdadero patriota”, manifestó.
Con él coincidió el periodista Rubén Ayala Ferreyra, quien encabezó la ceremonia y entregó un banderín de Guaraní para que sea colocado en el mausoleo.
Destacó además lo oportuno de su descanso final en el Defensores del Chaco, ya que el jugador, todavía juvenil participó de una gira de la Cruz Roja para recaudar fondos a raíz de la Guerra del Chaco, y llegó a jugar un partido en Posadas.
Así, entre cánticos cada vez más fervorosos, emoción de propios y extraños y agradecimientos, abandonaron Misiones y, por ende, el país los restos de quien dejara una huella que, a más de 60 años de su último gol en Independiente, no sólo no se lleva el viento, sino que se imprime, revitalizada en cada anécdota, con mayor énfasis en los corazones de los hinchas del fútbol.
Un goleador, un caballero, un ídolo
La historia narra que Erico nació en 1915 en Asunción, jugó en su querido Nacional y fue fichado por Independiente, donde integró un recordado tridente con Vicente “Capote” de la Mata y Antonio Sastre y se transformó en el máximo goleador del fútbol argentino con 293 tantos en 12 años con la casaca roja.
Pero el “Saltarín Rojo” fue mucho más que eso. Aunque nunca pudo actuar en la selección paraguaya, rechazó una jugosa oferta para jugar para Argentina. Fue ídolo de hinchas de Independiente, como es lógico, pero también de simpatizantes de otros clubes. Uno de ellos, el genial Alfredo Distéfano, fanático de River, lo iba a ver jugar y se declaró “un pequeño imitador” del “Hombre de mimbre”. El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió: “Él tenía, escondidos en el cuerpo, resortes secretos”. Cátulo Castillo compuso en su honor un tango que lo describe “con elegancia de bailarín”.
Fuente: territoriodigital.com



Comentarios recientes