El descreimiento se lo lleva como un torbellino, por más que el seleccionado argentino busca un manotazo ganador. No puede con sus piernas. Lo que dice no camina a la par con lo que hace. Se sube a las tablas con cada una de las líneas aprendidas de memoria y, sin darse cuenta, queda inmóvil, encerrado dentro del peor decorado. No le sale una sola. Ni una. El 0-0 con Colombia, además, la vale una severa reprobación. Los insultos vuelan como tomates maduros. El bramido arremete contra Sergio Batista y, como marcha de la bronca, se grita por un tal… Diego. Pura ironía. Balbucea, apenas si le sale una palabra. Aparece de pie, encandilado por los reflectores, y sabe que no le queda otra más que una victoria ante Costa Rica.
La Argentina se adentra en una obra impensada. Tambalea en su propia casa. Acto tras acto. Pierden crédito los protagonistas. Cae la confianza hacia el director. Y se resbala en un pantano, en el peor momento del ciclo Batista.
¿Qué pasa? La palabra quita un velo y descubre una idea glamorosa. La mente trata de ejecutarla. Pero el cuerpo, voluntarioso y rebelde, se empecina en condicionarla. La comunión entre la teoría y la práctica empieza a moverse por un desfiladero angosto. Tanto que causa vértigo y provoca un aleteo en el estómago. El seleccionado argentino siente el mareo. Por ahora no cae, aunque el agobio no puede disimularse.
El suelo empieza a resquebrajarse para la Argentina. De un lado de la grieta queda un discurso. Del otro, las verdaderas acciones. No se condicen. Casi nunca comulgan. El concepto queda en fuga y nada tiene que ver con la didáctica fuente que se pregona. Nada. Como si el alfabeto para la Argentina empezara con un XYZ…
Se aclama el toque certero y la permanente circulación. No se ve. Se cuenta de una defensa tiempista y aguerrida. No se ve. Se dice de un ataque punzante, con Messi como estandarte. Salvo por algunas sutilezas del crack de Barcelona, no se ve. Se persigue el natural desenvolvimiento en conjunto. ¿Y? No se ve. Como contra Bolivia, en el insípido debut, o como contra Colombia, que depara un agrio disgusto.
Batista parece no darse cuenta aún de qué frustra a la Argentina. Se insinúa como un viejo defecto al que Checho le dio continuidad: el conjunto de las estrellas, de los millones, cuyos engranajes crujen. A estas alturas se imponen los hechos como elementos clarificadores, siempre con la salvedad de que Romero queda exento. Los demás postulados exceden al arquero. La defensa no achica hacia adelante y se maniata por las fragilidades en el manejo de la pelota. Se mete sola en problemas. El medio campo queda inconexo y la fluidez, entonces, se vuelve imposible, nula. El ataque pierde señal en el circuito. Messi intenta, pero flota entre las limitaciones ajenas, aunque anoche estuvo más participativo. Lavezzi no encuentra la marcha justa. Tevez, a veces con un individualismo excesivo, se enreda más de lo que genera. Cómo escabullirse, entonces, de la confusión general.
Los insultos desgarran los tímpanos. Para unos, para otros, para todos… Aquello que parecía básico se vuelve complejo. El clic entrega una postal distorsionada, más bien fuera de foco, como una fotografía movida. Hay una imagen nebulosa, la de la Argentina, con figuras blanquecinas alrededor. Sus propios temores empiezan a corporizarse. Es el peor momento.
Fuente: canchallena.com




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