Puede resultar una ironía, aunque no es esa la intención. Es, en realidad, una dosis de sentido común. Elemental como el agua para el sediento, como la comida para el hambriento. Para ganar, hay que convertir, al menos, un gol. En el fútbol no se gana de otro modo. No hay románticas tablas morales, ni se computa cuestión de actitud y, mucho menos, se hace una simbólica tabla, como en el boxeo, en la que se podría vencer por puntos, según el ojo del especialista imparcial. Nada de eso, Independiente. Para ganar, hay que descubrir qué hay detrás del arco. Algo, Independiente. Genialidades, no se piden. Habilidades, no demasiadas. Una brocha gorda, a falta de un pincel. Dos situaciones de gol en 90 minutos. Independiente es un señor mayor elegante, vestido de traje y corbata, perfumado con las mejores marcas y en sus bolsillos no tiene ni una moneda. No sólo no marca goles en tres partidos: ni siquiera hizo uno en el verano. Una desgracia de Rolando Schiavi, a orillas del mar, no disfraza la realidad. Una realidad amarga: tres partidos, tres derrotas. Ramón Díaz es responsable: sus tácticas, sus esquemas, sus cambios, definen la mediocridad. Sin embargo, es este grupo de jugadores el que corre mareado, juega dormido. Gabriel Milito da en esa tecla: juega como si aún estuviese en su interminable inactividad de Barcelona.
Estudiantes no se parece en nada al artístico elenco catalán, aunque tiene un par de ideas frescas. Una identidad, al menos. Que Verón maneje el equipo, aún con sus experimentadas limitaciones. Un par de pases, como en el segundo gol y asunto terminado. Que Desábato sea un patrón de fábrica colérico: cómo dejó en ridículo al pibe misionero Martín Benítez en un par de intervenciones lo define tal cual es. Que la Gata Fernández despierte admiración con un par de amagos de colección, sinceramente, paga una entrada. Es tan bajo el vuelo doméstico, que Fernández causa placer con. una gambeta. Estudiantes no es Barcelona, pero si se lo observa al lado de Independiente, puede engañar. Parece de las grandes ligas.
El diluvio, cuando se acaba la función de Estudiantes, parece hecho a propósito contra Independiente. Como si se le viniera el mundo abajo, literalmente. Es un momento, nada más. Pero hasta el clima se entromete en su cuerpo: perdido, mojado, desabrido en el temporal veraniego que apenas dura un suspiro. Independiente no sabe de climas: juega mal con lluvia, con sol, de tarde o de noche; cuando empieza y cuando termina el espectáculo. Una acrobacia de Farías, por arriba del travesaño. Un tiro débil de Defederico, directo a las manos de Andújar. Eso es todo lo que puede ofrecer.
Estudiantes lo resolvió mucho antes del temporal: cuando todavía era de tarde y el sol caía sobre este monstruo platense de techo futurista y campo de juego de ascenso. Un golazo de la Gata a los 21 minutos, con amago y definición sutil. Primero, Velázquez se pasó de largo como un bailarín a destiempo. Después, Milito fue para allá, cuando debió venir para acá. La Gata lo hizo, una vez más.
Se acabó el partido. Faltaba una eternidad, pero Independiente se puso demasiado nervioso. Atrás, la defensa de tres hombres sólo tuvo un limitado respaldo en Tuzzio. En el medio campo, el nuevo experimento fue una ensalada sin condimento. Sin quite, sin juego, sin conexión. Defederico lo volvió a demostrar: ser enganche de Independiente es algo serio. El balón no conoce a Farías: todavía no tomó nota de que juega en Independiente.
Estudiantes bajó la intensidad, pero hace años inventó una pizarra: el fútbol también puede ganarse con el laboratorio. Córner de Verón, cabezazo del pibe Carrillo. Atención: el León volvió a la selva. Independiente, en cambio, está atrapado en su propio zoológico. Sin ideas, sin fútbol, no hay libertad.
Fuente: Cancha Llena.




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