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Richard Schunke, el misionero que gritó campeón

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Ese adolescente que promediaba los 15 años se mostraba impaciente. “Mamá, cuándo me va a tocar a mí”, interrogaba. Sus hermanos Jonatan y Valter ya le daban a la redonda fuera del hogar familiar y él, menor de los varones, se moría de ganas de irse a jugar a Buenos Aires. Hoy Richard Schunke está en la tierra prometida. Con su equipo, Independiente del Valle de Ecuador, subió a lo más alto de la cima y se tatuó la estrella de campeón de la Copa Sudamericana.
Un premio para el futbolista misionero, que siempre creyó que el momento iba a llegar. Y vaya logro que saborea hoy después de la finalísima que se disputó ayer, con varios condimentos, en Asunción.

De chico le encantaba el fútbol. Con su nutrido grupo de amigos era muy activo: categoría 91, se desempeñaba en el mediocampo en esa divisional en San Martín de 25 de Mayo y se convertía en arquero cuando jugaba en las clases más grandes. “Cuando jugábamos los tres, lo mandábamos al arco, atajaba muy bien”, recordó Valter.

Su andar era sin preocupación; de hecho, la escuela muchas veces lo encontraba distraído. Es que Richard Schunke – el protagonista, el campeón de la Copa Sudamericana- quería correr, treparse a los árboles y comer mandarinas. Y tanto trajeteo le depararon consecuencias, como lo indican la cantidad de cicatrices producto de sus travesuras. Sabe de aventuras Richard, por eso se bancó una parada complicada como controlar al Pulga Rodríguez, el baluarte de Colón. Por eso se animó a salir jugando sin presión a pesar de que jugaba una final. Ya le había advertido a El Territorio: “Cuando entrás a la cancha, te concentrás en el partido”.

Tuvo su chance en Almagro y desde hace casi tres años actúa en el fútbol ecuatoriano. Afianzado en la defensa de Independiente, su equipo fue de menor a mayor en esta copa. Y la recompensa llegó al final. Hoy es el orgullo del pueblo, a pesar de que también cosecha elogios como jugador de padel.

A esta altura todos recuerdan con una sonrisa cuando le sacaba la verdura a la comida de niño, o cuando se desesperaba por tomar leche con pan. También cuando ocupaba el auto sin permiso de papá Waldemar y mamá Evoni y una tía lo descubrió: ahí se terminó la travesura.

Richard grita campeón. Desborda felicidad. ¿La clave? Su fe como gran pilar de vida, la paciencia y las ganas de superación. Una simbiosis ganadora.

Fuente: Gilberto Pérez, El Territorio.

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