El misionero maya

Un día el fútbol se manifestó de blanco. Campana de recreo y chiquilines que corren al patio de de la vieja Escuela 106. La pelota les muestra su mejor sonrisa y los bajitos le responden con destellos de emoción.
Uno de ellos, Biscuí, dibuja en los mosaicos la jugada que había soñado la noche anterior y mientras su cintura intenta escaparse del cuerpo, la redonda sigue fiel a su pie derecho.
El portero detiene un instante sus tareas para dejarse llevar por las genialidades del fútbol mismo metido dentro de un guardapolvo blanco, con cara traviesa, ojos achinados y el fulgor de una gambeta a cuestas.
Juan Bautista y Elena vieron llegar al décimo hijo, Carlos Francisco González, que muy pronto iba a deslumbrar en el baby junto a aquel virtuoso que fue Mara Posdeley, los hermanos Holz, Fernández, Martos, García, Cavia y otros pequeños futbolistas que arrasaban con todos los torneos, dirigidos por Miguel Ríos, Yuta Holz o Chivo Benítez.
Fichó en Huracán, el club del barrio, pero muy pronto sus aptitudes lo llevaron al fútbol grande.
Su dinámica, gambeta corta y visión de juego encantaron al entrenador uruguayo Oscar Tabárez, quien lo incorporó al plantel profesional cuando dirigió a Boca Juniors en tiempos de grandes jugadores del xeneize como Carlos Navarro Montoya, Diego Latorre, Roberto Cabañas, Walter Pico o el Manteca, Sergio Martínez, entre otros.
Después pasó por Dock Sud, Estudiantes de Buenos Aires y Germinal de Rawson, Chubut, para saltar de la mano de Alberto Domingo Romero al Club Deportivo Platense, los Tiburones Blancos de Puerto Cortés, en Honduras.
Su carrera en ese país de Centroamérica fue muy exitosa, vistiendo la casaca de otros importantes clubes como el Palestino FC, los Pumas de Broncos UNAH y Los Monstruos verdes de Marathón, club de la ciudad de San Pedro Sula, de gran arraigo popular, donde convirtió varios goles importantes. Allí tuvo de compañero de equipo a aquella gran promesa que surgiera en Argentinos Juniors -y tuviera un efímero paso por el Xeneize-, Silvio Rudman.
Jugador de gran capacidad técnica, explosivo y de buen remate de media distancia, su fútbol tenía aroma a potrero, la picardía del barrio, adonde un día volvió para defender los colores del Globo de Rocamora -que lo vio transitar en su niñez- y manejar los hilos de un equipo que logró obtener dos torneos Provinciales en forma consecutiva.
Tuvo un breve paso por Jorge Gibson Brown y La Picada en el final de su notable trayectoria futbolística.
En la actualidad Carlos Francisco González sigue ligado a su gran pasión, enseñando a chicos que quieren hacer sus primeras armas en el fútbol.
Disfruta cuando éstos llegan presurosos de la escuela, dejan el guardapovo blanco y si alguno de ellos intenta una gambeta, en el rostro de Biscuí se delinea una sonrisa cómplice.

Fuente: territoriodigital.com

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