Las fragancias nuevas disimulan el olor a engrudo con papel de diario, que se transforman en barriletes de inmensa cola en manos de los gurises que sienten al espacio como suyos y sostienen el hilo de sus cometas, hasta que la noche atrevida, los insta a envolver la madeja.
En los baldíos las pelotas de cuero no paran y los chiquilines van y vienen tras ellas con los rostros llenos de picardía y sueños de gol en un arco de tacuara que levantaron el día anterior.
Francisco de Haro y Valentín Campero se cruzan en una esquina donde un niño de cabellos ensortijados, con su rebeldía a cuestas, eligió ser arquero para siempre, pero con estilo propio, escapando de las normas del puesto, con ocurrencias y fantasías que mostraban el valor en sus convicciones.
Carlos Alberto “El Loco” Brizuela comenzó a destacarse en el Baby Fútbol, en el club que comandaban Simeón e Isabel, sus padres, que tenía a su hermano Julio en la punta izquierda.
Después la 6ª de Jorge Gibson Brown de Don Pintos y un regalo del cielo, el encuentro con un gran entrenador de arqueros como lo fue Miguel Ángel “Caracha” Villar, para acentuar su estilo.
Boca Juniors fue su primer destino. Se inició en la octava división hasta llegar a jugar algunos partidos amistosos en la primera de los xeneizes. Viajó a Venezuela para defender los colores del Atlético Zamora y otros equipos. Jugó en el Deportivo Armenio, Colegiales, 3 de Febrero de Ciudad del Este. Más tarde en Asunción vistió las casacas de Sport Colombia, River Plate, Rubio Nú.
En Posadas se consagró campeón con Bartolomé Mitre y con Jorge Gibson Brown en 1977 año en que, en varias ocasiones, también jugó de extremo derecho donde deslumbró por su velocidad.
Participó con Ex Alumnos de Oberá y Galaxia de Puerto Iguazú cuando estos equipos realizaron formidables campañas en los torneos Regionales y del Interior organizado por el Consejo Federal del Fútbol Argentino.
Su desvarío y extravagancias lo llevaron a jugar tres años en los Estados Unidos, donde protegió los tres palos del New York Green American Atlas.
Se instaló luego en el interior de la República del Paraguay, para seguir jugando por mucho tiempo y hoy en día es entrenador de los equipos de la próspera región de las Colonias Unidas.
Con sus 53 años, parece todavía poseer todo el fulgor de aquel arquero fantástico, lleno de imaginación, intuición, ocurrencias y libertad para expresar su manera de sentir el fútbol.
Disfrutó de éste deporte como pocos, dejando a tantos goleadores con el grito de gol atragantado, a los cuales a veces, después de detener sus disparos, los dejaba en ridículo con una arriesgada gambeta.





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