Alejandro Pérez, el líder silencioso

Alejandro PérezNo hay forma de conocer sus emociones. Disimula como un experto sus estados de ánimo. No dice nada si no hay nada que decir. No pregunta si no necesita la respuesta y no responde si no le preguntan. Pero siempre está un paso adelante. En la cancha o fuera de ella.
Así se maneja en las diferentes facetas de su vida Alejandro “Tarrito” Pérez, el nuevo capitán y referente de Crucero del Norte versión 2016. Ese pibe que en su adolescencia la pasó mal y que hoy, en base a sacrificio y a no bajar nunca los brazos, es el ejemplo a seguir para los pibes. Un líder silencioso. Del que poco se conoce, del que mucho hace.
Nacido en la localidad chaqueña de Las Breñas el 23 de febrero de 1987, el lateral derecho del Colectivero se ganó el reconocimiento no sólo de los más chicos sino de sus compañeros, gracias a su intachable conducta, su constante buena predisposición y su incuestionable nobleza.
Cultor como pocos del perfil bajo, el defensor de Crucero aceptó el mano a mano con El Territorio y habló de sus inicios en el fútbol, de su penoso pasado en la pensión de Unión de Santa Fe, del incansable esfuerzo de sus padres y de la continuidad que logró en Primera. Pero también se refirió a la importancia de invertir en las inferiores, de los objetivos del Colectivero para la próxima temporada y, obviamente, de la cada vez más vergonzosa crisis que vive el fútbol argentino.

Primeros pasos y consolidación
Tarrito recuerda que sus primeros movimientos con la pelota los dio “muy de pibe, jugando para Huracán en la Liga de Las Breñas”, y agrega que “después pasé a Cooperativa”. Pero el primer desafío importante fue abandonar el pueblo. “A los 12 años me fui a probar con otros chicos a Newell’s, estuve dos meses y me volví, no la pasé muy bien allá”, reconoce.
Pero hubo revancha. “Pasó un tiempo y en el 2004 surgió la posibilidad de ir a probarme junto a otros chicos a Unión de Santa Fe y quedamos tres, pero dos de ellos decidieron volverse un año después; yo me quedé, viví en la pensión del club, pero tampoco la pasé muy bien, fue una época dura, faltaba para comer”, recuerda. Pero le sobraba para soñar. “Yo siempre soñé con jugar en Primera y por eso decidí quedarme igual, sobre todo por el sacrificio que hacían mis viejos”.
“Yo viví cinco años en una pensión y sé lo que significa, en la pensión de Unión vivíamos ocho en una pieza, teníamos sólo un ventilador de techo y era complicado sortear cada verano, o te comían los mosquitos o te tapabas con una frazada para que no te piquen y te morías de calor; fue jodido”, dice aún con la imagen a flor de piel.
Pero una vez que pasó la tormenta, empezó a salir el sol. “En el año 2005, fui por primera vez al banco en un partido que Unión jugó en Mendoza frente a Godoy Cruz, pero no debuté. Recién en el 2006 tuve la suerte de debutar con Claudio Gugnali (ex ayudante de campo de Sabella en la selección, ex coordinador y después entrenador de Primera de Unión) en Córdoba, un partidos que empatamos 2-2 con Talleres”.
Tarrito, que en mayo pasado llegó a los 100 partidos con la camiseta de Crucero, rememora aquel momento.
“Uno siempre está preparado para debutar. Cuando entrenás con un plantel de Primera, sabés que en algún momento te toca, pero cuando llega el momento te tiemblan las piernas y te ponés un poco nervioso, pero vas en busca del sueño que siempre tuviste, el de jugar en Primera División, te pasan muchas cosas por la cabeza pero es un momento muy lindo”.
Conocedor como pocos de la verdadera función del lateral derecho, el chaqueño reconoció que “yo arranqué jugando de cinco en las inferiores, pero con el tiempo me fui corriendo a la derecha, igual no tendría problemas si algún día me toca volver a jugar de cinco, está bueno estar predispuesto para jugar en varias posiciones”.
La tranquilidad en el Tatengue se la terminó dando el técnico Teté Quiroz, ya que con él “fui teniendo continuidad en el equipo y me afiancé como titular. Ahí jugué hasta junio del 2013, cuando surgió la posibilidad de venir a Crucero de la mano de Iván Delfino, que es muy amigo de Kudelka, a quien tuve también en Unión”.

Su llegada a la tierra roja
Si bien se trató de su primera experiencia importante como jugador profesional, Tarrito encontró en Misiones un lugar ideal para potenciarse no sólo como futbolista, sino también como persona. “Misiones es una provincia muy tranquila, acá todo jugador se va a sentir encantado porque no hay presiones y uno encuentra tranquilidad que en otros lugares no, yo venía de Santa Fe y allá todo era Unión-Colón, Colón-Unión; acá con mi familia encontramos paz”, dice el lateral de 29 años. Posadas, de hecho, le dio a Mía, su segunda hija, de 1 año y 4 meses.

El lado oculto de Tarrito
Al capitán del barco -en este caso colectivo- no le gusta presumir. Al contrario, le molesta y hace lo posible para que ciertas actitudes pasen lo más desapercibidas posible. Sin embargo, hay acciones que lo pintan de cuerpo y alma. Y sino que lo digan los chicos de las inferiores, que encontraron en Tarrito un referente de primera línea. Sin ir más lejos, algunos pibes de la cantera hoy tienen botines para entrenar gracias a su empatía.
“No me gusta hablar de eso”, reconoce, pero aclara que “sí soy de hablar mucho con los chicos, porque yo también tuve mis necesidades y la pasé mal, mis viejos siempre estuvieron, me dieron una mano y ahora valoro demasiado eso y quiero trasmitirlo a los más chicos”.
Y no es para menos. Su padre, que hace 30 años trabaja en una estación de servicios en Las Breñas, y su madre, ama de casa, le inculcaron esos valores a él y a sus hermanos.
“A los chicos tenés que acompañarlos, hacerles ver que tienen posibilidades de crecer y poder jugar. Algunos piensan que por jugar dos partidos en Primera ya se creen más de lo que son, pero eso también viene del pensamiento de la familia, algunos padres piensan que se pueden salvar con el hijo y no saben manejar la situación”, explica. Y ejemplifica de la mejor manera: “Yo conocí un jugador de Unión que vivía en un barrio humilde, tenía todas las condiciones el chico, pero se metió el padre en el medio, le pidió a la dirigencia un departamento para el hijo, un Mini Cooper, comenzó a pedir cosas y el chico, que sólo tenía 19 años, empezó a mermar el rendimiento, después el pibe se alejó del fútbol, tuvo dos chicos e hizo otra vida, realmente una lástima, y casos así hay varios”.
Para el ex Tatengue, es importante que los más jóvenes sepan aprovechar sus oportunidades. “Acá en Crucero los chicos tienen todas las posibilidades de jugar, todo depende exclusivamente de ellos. En la mayoría de los clubes traen muchos jugadores y nunca tenés una chance de mostrarte y esos jugadores que llegan como refuerzo siempre tapan a los chicos de las inferiores. Por suerte a los pibes que les tocó jugar el año pasado en Crucero lo hicieron realmente muy bien, maduraron muy rápido”. En este sentido, la futura creación de un albergue para los chicos de las inferiores de Crucero es motivo de festejos. “Ojalá Crucero tenga las pensiones en poco tiempo, porque hay muchos chicos que viajan mucho y realmente las necesitan. Los clubes entendieron que la base está en las inferiores y saben que hay que invertir en los chicos; el día de mañana te surge una venta y vas a ganar el triple de todo lo que invertiste”, explica con total razón.
“Yo trato de hablar mucho con los chicos, tal vez algunos lo que les decís le entran por un oído y le sale por el otro, pero la mayoría escucha y valora, entienden que se necesita esfuerzo para llegar”, agrega.

Fuente: Gustavo Hollmann, El Territorio.

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