Bartolomé Mitre no logró revertir la historia en casa y se despidió de la pelea por el ascenso en el torneo Federal C. Ayer cayó 2-1 ante Juventud Unida en la vuelta de las semis.

Y el milagro no ocurrió. Mitre fue esclavo de su desesperación y se despidió de la pelea en el torneo Federal C.
Ayer, en la vuelta de las semifinales, cayó 2-1 ante Juventud Unida de Charata. Un equipo que fue superior a lo largo de la serie y lo justificó con el contundente 6-2 en el global.
La historia parecía tener otro tinte en la previa. El público se acercó a las gradas del Gigante de Rocamora con la esperanza de ver otra película, distinta a la de Chaco, y el día laboral no impidió la muy buena convocatoria.
Pero en la cancha se vio otra cosa, con desenlace similar a la ida. Mitre entró a comerse a Juventud y esta vez la ansiedad le jugó una mala pasada. La línea de tres en el fondo se vio superada por la velocidad y el porte de los de arriba, un problema al que Bruno Smorczewski nunca encontró solución.
Cuatro minutos fueron más que suficientes para que el Rojo liquide el pleito. Primero sobre los 15’, cuando Franco Semino le cometió penal al lungo Claudio Soto y el propio goleador lo intercambió por gol.
Luego, a los 18’, tras el estupendo tanto de José Fernández después de una definición exquisita por bajo y una triangulación muy bien ejecutada entre Fernando Cejas y Brian Barrio.
Herido en su orgullo, Mitre logró descontar. Manolo Sánchez Ocaña capitalizó de cabeza un centro preciso de Matías Ferreira a los 24’. Y eso fue todo. Porque el tiempo se consumió y la impotencia floreció en el Auriazul.
Para algunos en demasía, como el caso de Kevin Llorián, que de manera irresponsable dejó con diez a su equipo cuando apenas transcurrían 26’. Doble amarilla justificada y a las duchas.
Sólo algunos destellos de Fabián Sosa, la figura local, y Miguel Comes hacían pensar en una ya lejana remontada.
El coraje reemplazó al fútbol en el complemento. El ingreso de Diego Bóveda le dio crédito al funcionamiento en el medio.
Juventud entonces priorizó la defensa y dejó de lado los goles. En el fondo se edificó una muralla imparable, casi sin importar los contragolpes que podían ser determinantes a su favor. Y lo bien que hizo el técnico Enrique Alfonso, porque la llave estaba liquidada desde que el colegiado pitó el cierre de la primera parte.
Los minutos finales se resumieron en remates desde afuera. Ni Comes ni Fesztein torcieron el rumbo.
Fue final para un equipo que siempre apostó al juego asociado. Quedará para el debate los riesgos que tomó Smorczewski en esta parte final del torneo con respecto el armado del sistema.
El reconocimiento bajó desde la tribuna. Un adiós drástico por el marcador, pero esperanzador para lo que viene.
Fuente: El Territorio.




Comentarios recientes