Montecarlo celebró este jueves el acontecimiento más trascendente logrado por dos de sus deportistas.
El 3 de enero de 1963, Federico Spengler y Sigfrido Plocher lograron ascender al Aconcagua, el pico más alto de América, convirtiéndose en los primeros misioneros en escalarlo.
En la plaza Alemania de Montecarlo, ubicada sobre la calle del mismo nombre, se reunieron varios vecinos para recordar el episodio y a Federico Splenger, fallecido hace 6 años.
Plocher, con 77 años reside aún en Montecarlo.
El recuerdo
Federico Spengler (37) y Sigfrido Plocher (27), misioneros de Montecarlo, llegaban a la cima del Techo de América el 3 de enero de 1963, epopeya que adquiere relevancia pues nada más alejado del hombre misionero que el frío rigor de la nieve y el hielo a 7000 metros sobre el nivel del mar, ni el viento blanco a 100 kilómetros por hora, ni los 20 grados bajo cero, ni la “impresión de la montaña”, un raro efecto de la fe espiritual… Pero lo que empuja es el coraje.
De la crónica de El Territorio del lunes 28 de enero del 63, se extrae el anecdotario de la hazaña. Con 15 kilos en la espalda entrenaban caminando entre 50 y 70 kilómetros por día, y el entrenamiento duró meses. Llegado el momento viajaron a la Capital, de allí a Mendoza, al Puente del Inca. “Llevábamos una carpa de 4 kilos, herramientas, palos de bambú con puntas de hierro soporte de sendos escudos de madera con la leyenda Misiones-Aconcagua, Spengler-Plocher-Montecarlo, grabada en una cara y el mapa de la provincia en la otra, que han quedado allá como constancia de tal conquista”
El coloso de América
“Estuvimos en Mendoza hacia el 15 de diciembre y fuimos recibidos por el Club Andino”, relataban los andinistas misioneros. “Se nos suministraron informes, planos de refugios y campamentos, y botiquín de primeros auxilios”. Tres días después llegaron al Puente del Inca y establecieron campamento en la Plaza de las Mulas, a 4250 metros de altura. “Allí pernoctamos una semana aclimatándonos (actualmente se recomiendan 11 días previos al intento) y a la espera de mejores condiciones climáticas.
“Iniciamos el ascenso el 27 de diciembre”. Dejaron atrás al refugio Libertad y al Independencia, a 6500 metros, (los más conocidos son el Alaska, el Nido de Cóndores, y el Berlín, por debajo de los 6.000 metros)
“El 29 de diciembre iniciamos el tramo final. (el ventisquero de Schiller, la Canaleta, el Filo del Guanaco)”. Un primer intento los obligó a regresar al campamento; un temporal de nieve y una caída (de Spengler) eran como si la cumbre se resistiera a la conquista. Con escasa visibilidad y nevisca huracanada fue preciso reponer energías. A menos de 200 metros de la cima, descendieron pero no claudicaron. Un segundo intento fue suficiente. “Alcanzamos la cima al mediodía del 3 de enero, bajo un sol radiante. Firmamos el Libro que se guarda en el cofre allá arriba, clavamos nuestros estandartes y trajimos, (como es costumbre), los trofeos de la última expedición del Club Alpinista de México. Los nuestros, los que allá dejamos, los alzó la expedición siguiente al poco tiempo, también mexicana”, refirieron oportunamente. Durante el descenso hallaron una gorra del mexicano Arispe, que había fallecido el año anterior en idéntico intento.
En 1989 Spengler y Plocher unieron el Puerto de Montecarlo con el de Tigre en Buenos Aires, otro raid de los hijos de la tierra colorada.
Los héroes de Montecarlo
Sigfrido Plocher tiene hoy 74 años y vive en Montecarlo, en la misma casa donde nació y que levantara su padre, colono alemán, en 1932, en Línea Terrada, cerca del arroyo de mismo nombre. Entrevistado por El Territorio refirió con voz encendida que Spengler, su compañero, falleció hace dos años.
“El era diez años mayor que yo, era un aventurero que había recorrido medio mundo. Yo era entonces profesor del Club de Gimnasia de Montecarlo, cuna de deportistas. Fuimos instruidos por un maestro de Eldorado, escalador alemán del Tirol en los Alpes, exiliado de la Primera Guerra en Argentina. Y reveló Plocher que “no sólo llegamos a la cima, sino que permanecimos 30 días escalando cerros vecinos de 5000 y 6000 metros de altura. Supe que otros misioneros (posadeños y apostoleños) subieron 30 años después. Siempre fuimos reconocidos por la comunidad y en estos años hemos recibido homenajes del pueblo”.
Con referencia a los trágicos sucesos recientes, don Sigfrido aprueba la moción de los alpinistas italianos: es preferible ascender sin oxígeno. “He leído los diarios, me he informado, por eso digo que me cuesta aceptar, explicó el histórico andinista, que los montañistas hayan cruzado de la pared sur a la norte, eso es prácticamente imposible, se lo aseguro, y aún teniendo oxígeno, cuando algo del sistema falla, el hombre muere. Es lo que pasó”
Teniendo en cuenta cuántas cosas se ignoraban entonces, el diseño de la indumentaria, toscas herramientas, técnicas no probadas y el escaso apoyo tecnológico, la escalada de Spengler-Plocher toma dimensión épica.
Fuente: El Territorio del viernes 20 de febrero de 2009.






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