Aquellos 52 años sin oros entre Helsinki 1952 y Atenas 2004 sirven para poner un poco de claridad sobre lo que son los Juegos Olímpicos para la Argentina. La distorsión que muchas veces creaban los Juegos Panamericanos como antesala de la máxima competencia, sumado a la creencia de que somos más de lo que realmente tenemos, llevó repetidas veces de la ilusión al desencanto. La excesiva euforia jamás fue una buena consejera. Y lo sigue siendo aún en Río 2016, donde el deporte de nuestro país llegará mucho mejor armado que a Londres 2012 a nivel preparación.
Hubo avances concretos: casi que se eliminó el rosario de quejas por la carencia de recursos, el pago de becas, la posibilidad de competir internacionalmente para foguearse y no chocar contra un muro cuando se llega a las citas olímpicas. Para algunos deportes, el encontronazo era brutal. El ENARD, a partir del impuesto del 1% de la telefonía celular, sancionado por ley, destinado al deporte fue vital para el ciclo que llega desde los Juegos anteriores. Ello, sumado a los sponsors particulares que disponen algunos de los atletas, conformaron un combo que les permitió concretar un deseo que durante mucho tiempo sonaba a utopía: poder ocuparse sólo de su preparación.
Por ser atletas de tiempo completo y no de tiempos alternativos a trabajos de subsistencia. Una parte de la historia se desarrolló de forma más acorde con el resto del mundo deportivo. Con el objetivo de crecer y no ver la costa cada vez más lejana, en un naufragio irremediable. Falta la otra pata de esa historia: el desembarco convicente y la concreción de los objetivos. Sin olvidar aquella máxima de Juan Manuel Fangio: «Carreras son carreras».
La mención al segmento que fue de 1952 a 2004 no es antojadiza. De los remos de Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, en lo que fue la 13a medalla dorada de la Argentina en la historia olímpica, a los triunfos de la Generación Dorada y el fútbol en suelo helénico cabe la lectura profunda: uno fue el mejor equipo de historia del básquetbol argentino, el auténtico Equipo del Pueblo, y el otro un seleccionado armado sobre la base de figuras y bajo la consigna de ganar el único título que la AFA tenía pendiente. Legítimos, obviamente, pero que por características y conformación estaban en una escala diferente a la de aquellos deportistas que no tenían chances de realizar una preparación óptima.
A medida que transcurran las competencias, que ya comenzaron con el fútbol, crecerá inevitablemente la expectativa por ver «para qué estamos» en Río 2016. A sabiendas de que no es fácil escuchar el Himno en una entrega de premios, incluso habiendo más de 300 podios en estos 16 días. El presidente del Comité Olímpico Argentino, Gerardo Werthein, es optimista: cree que se va a superar la marca de 4 medallas de Londres (1-1-2), en virtud de la mejor preparación y de la mayor cantidad de atletas de la historia. Que de la cantidad también surgirá la calidad, considerando que en el ciclo de cuatro años la delegación de participantes fue de 137 a 213. Está claro que el día irá aportando respuestas. Los Juegos Olímpicos también son lo que sucede en el tenis, por ejemplo: que las ilusiones colapsen contra un sorteo. Que Juan Martín del Potro pase del recuerdo inolvidable de su bronce en 2012, en el All England, dejando fuera del podio a Novak Djokovic a volver a encontrarse con el N° 1 del mundo en su debut en 2016. Algo así como un «echale la culpa a Río». Sin soslayar la parte que le tocó a Federico Delbonis: Rafa Nadal.
Las fortalezas argentinas se sustentan en los seleccionados de hockey sobre césped, el de fútbol (a pesar de la AFA), la judoca Paula Pareto, algún boxeador (Yamil Peralta), el yachting; en sector intermedio, lo que pueda gestarse desde disciplinas que se suman, como el rugby (versión seven) o el golf (con Emiliano Grillo de recientes rendimientos destacados). Mención aparte para las ilusiones que motorizan el básquetbol y el voleibol masculino, entre la despedida de los históricos Ginóbili, Scola, Nocioni y Delfino y la buena parte final de preparación, más el atrevimiento y la sorpresa que puede dar el conjunto dirigido por el sabio Julio Velasco. Las posibilidades de podio son complejas por las zonas preliminares y los cruces en caso de clasificación. La diferencia entre medallas y diplomas (ahí crecen las postulaciones) puede modificarse por sorteos, partidos que se ganan e impulsan a un rango superior de chances y otros que se pierden y derrumban las previsiones. Y en esto vale ser concretos: después de Pekín 2008, poco se creía en un oro que pudiese prolongar la euforia que nuevamente provocaron el fútbol (otra vez con cracks, como Messi, Riquelme y Di María) y los ciclistas Juan Curuchet y Walter Pérez. Sin embargo, apareció el taekwondista Sebastián Crismanich a patada limpia y su corazón valiente, llenando de orgullo a Corrientes. Como en su momento también lo hizo Camau Espínola.

La Argentina llega a Río con un plantel generoso, trabajado y de tres conformaciones: los que se retiran, los que están en transición (mayoría) y los que vivirán su primera experiencia. Cabe esperar más de ese lote intermedio, que ya conoce el terreno. Como admitió Eduardo Gallardo, entrenador de los Gladiadores del hockey, «en Londres todo era sorpresa, contemplación, asimilación. Ahora ya pasamos por todo eso y la cabeza tiene que funcionar de otra manera». Han sido 70 medallas a lo largo del camino, desde el primer oro ganado por el polo en París 1924, con una marca de 18-24-28. Y la máxima expresión no pasó de los 3 oros en una misma cita, bien lejos en el tiempo, sin smartphones, redes sociales ni Pokemones: Amsterdam 1928, Los Angeles 1932 y Londres 1948.
Quizá Río ilumine, por ejemplo, a un equipo como las Leonas, que ya tienen plata y bronce por duplicado y sólo les falta la dorada: sería el mejor homenaje que le pueden hacer a la inolvidable y única Lucha Aymar. O el boxeo desempolve su añeja tradición con sus seis pugilistas y su primer lugar en el ranking de medallas, con 24 (7-7-10). O bien aparezca un Crismanich versión 2016, ése que reescribe la historia. Con la euforia contenida, sin estridencias. Sports Illustrated, la prestigiosa revista norteamericana, presagia no más de tres medallas argentinas (1-1-1), con el hockey femenino como única victoria. Hasta el propio Werthein, en medio de su optimismo, en algún momento confesó: «Veo 6 medallas, pero ojo, todo es posible. Pueden ser 6. o también 0». Como un «más rápido, más alto, más fuerte» del Baron de Coubertin, pero con los pies sobre la tierra.
Los casos puntuales
Hockey:
En un ciclo exitoso desde 2000, las Leonas tienen la deuda del oro. Ya sin Aymar, es un equipo más batallador, con un concepto más colectivo. Ganaron la World League 2015 y en 2016 obtuvieron el Champions Trophy. Confirmaron con títulos que pueden aspirar a lo alto del podio. El factor emocional jugará un rol clave. El gran enemigo es Holanda, bicampeón olímpico, pero está en un proceso nuevo con Alyson Annan. Tiene un potencial intacto. Y amargó a las Leonas en los tres últimos Juegos, en dos semifinales y en una final. ¿Un riesgo? El debut con Estados Unidos, que suele darles dolores de cabeza en los últimos años.
Fútbol:
Pasado el temblor y las etapas de decisiones por la inoperancia de la dirigencia de la AFA, el equipo dirigido por el Vasco Olarticoechea sabe que tiene las espaldas cubiertas. Todo lo que logre será para sumar. Se constituyó un equipo con jugadores interesantes y tienen el deseo ferviente de concretar lo que no se pudo en el Mundial 2014: coronarse en Brasil y ante Neymar. Son seis partidos en el mejor de los casos, por una medalla.
Judo:
La Peque Pareto, bronce en Pekín y 5° en Londres, es siempre una de las candidatas a dar pelea. Tiene experiencia, es respetada, y sus desempeños, ya sea en victorias como en derrotas, han estado signados por la paridad. Dependerá de los cruces, de evitar sorpresas de entrada y de la capacidad de remate. Su categoría, de 48kg, es una de las más competitivas.
Boxeo:
Yamil Peralta es el pugilista que genera mayores expectativas. Tiene el cuadro más chico en los 91kg, donde sólo hay 18 participantes, y ya tiene experiencia. Este deporte vuelve a contar con muchos representantes: 6. En los últimos Juegos habían sido pocos: 1 en Atenas, 1 en Pekín y 2 en Londres. En la cantidad puede aparecer una sorpresa: Fernando Martínez (52kg). Alberto Melián es otro que despierta interés, pero su categoría (56kg) es muy difícil.
Yachting:
Desde 1996 hasta hoy, sumó 7 de sus 9 medallas (4 platas y 5 bronces). Lucas Calabrese y Juan de la Fuente (470), Santiago Lange-Cecilia Carranza (Nacra 17), Klaus y Yago Lange (49er) son las cartas de la vela para acceder al menos a un podio que posibilite continuar con la cosecha.
Básquetbol:
El Equipo del Pueblo emociona y vivirá un momento especial con las despedidas. Le tocó una zona durísima, con Brasil, Lituania, Croacia, España y Nigeria. Cada choque es una final, porque, en caso de clasificación a cuartos, determina el rival «del partido filtro» de pelear por algo o quedar en diploma. No la tienen fácil. Les sobran ganas.
Voleibol:
«Llegamos en condiciones de divertirnos y molestar a los grandes», afirmó el DT del equipo masculino Julio Velasco. En los últimos meses, la selección logró varios impactos y tomó confianza. Un grupo complejo como el del básquetbol: Rusia, Cuba, Polonia, Irán y Egipto. Si pasa, en cuartos se juega la historia. Como en Sydney 2000, cuando nadie creía que podría superar a Brasil y lo hizo, guarda una esperanza.
Fuente: La Nación.



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