Dolor por el fallecimiento de «Nene» Hreñuk

Dolor por el fallecimiento de "Nene" Hreñuk

Fue un cimbronazo. Mencionar a Nene Hreñuk prácticamente era lo mismo que citar a Rosamonte, la firma que llevó a los primeros planos de la industria nacional. Su marca ya había quedado plasmada en la Tierra Colorada mucho antes de que el último domingo se conociera su deceso a los 72 años.
Hijo de inmigrantes ucranianos, transitó los primeros pasos de emprendedor con su familia en Colonia San Isidro. Casi en paralelo continuó su formación en el Instituto San Arnoldo Janssen de la capital provincial, aunque la semilla que sembró papá Demetrio lo obligó a involucrarse de lleno en la producción de yerba. Fue así que tras la adquisición del primer molino en 1966, la comercialización comenzó a moverse de manera activa y tomó forma la marca Rosamonte. 

Con el correr de los años la firma comenzó a crecer y en ese punto se detienen quienes lo conocer más a fondo: su aspecto humano fue importante para llegar a donde llegó. Confió para su despegue en el pequeño colono, ya que decía que jamás iba a dejar de comprar al productor minúsculo, quien fue el que lo bancó cuando todavía no llegaban los buenos dividendos. Y otro de los aspectos que lo distinguían -cuentan- fue estar pendiente de la familia de sus empleados.
Ramón Eduardo ‘Nene’ Hreñuk nació el 18 de noviembre de 1946 y con su esposa Marta Cichanowski tuvo tres hijos: Javier, Martín y Matías.
Trabajó con sus hermanos y siempre confió en la industrialización del producto -la yerba como emblema y luego el té-; al inicio, el primer mercado lo tuvo como vendedor en Posadas y Oberá. Más adelante, ya consolidado como Hreñuk SA, su tarea fuerte estuvo en la administración, industrialización y venta de la empresa.
Lo describen como inquieto y visionario; por ejemplo, cuando apostó por el feedlot (sistema intensivo de producción de carne que permite lograr un engorde acelerado de los vacunos) o la producción de pacú. 
Cuentan que cuando trajo a unos brasileños para conformar las primeras lagunas y varios lo interrogaban respondía de forma socarrona: “Cuando me jubile voy a venir a pescar con mis nietos”. En aquel entonces eran seis piletones y para ello contrató a una bióloga de Corrientes. Hoy hay más de 200 espejos de agua para la producción de esta variedad de peces y una fábrica propia de alimento.
En el aspecto social, su influencia en Apóstoles es muy marcada. Unas 800 familias dependen de forma directa de la empresa y más de mil colonos de forma indirecta. “Rosamonte es un resorte social para Apóstoles”, confió una fuente a El Territorio.
Pero el ámbito que lo atrapó casi en simultáneo con el período de empresario fue el deportivo. Fanático del automovilismo, tuvo injerencia directa en la construcción del autódromo capitalino, acompañó a varios equipos de diferentes disciplinas, más allá de que en la memoria queden grabadas las hazañas de Guaraní Antonio Franco con el sponsoreo en la camiseta, y bancó a deportistas amateurs y profesionales.
Hasta se dio el gusto de conformar un club con el nombre de su empresa, que estuvo muy cerca de llegar a la segunda división del fútbol argentino. Trajo innumerables jugadores, pero sus debilidades fueron Gerardo Anadón -un mediocampista santafesino- y el brasileño Jorginho. 
Perfeccionista, mejoró su técnica en golf -su último amor-, disciplina que practicó con frecuencia en el Club Tacurú, pero también se dio el gusto de jugar al fútbol en el Club Tuyutí en su adolescencia y al tenis, también a temprana edad.
Fue a la empresa hasta que dispuso de energías, aunque la visita de diciembre pasado no fue una más: detuvo el auto y recorrió todas las instalaciones, ante la compañía de los empleados. Fue la última vez… Los primeros días de enero regresó a Buenos Aires. De a poco se fue apagando hasta que ayer decidió partir. Quedará su marca, que no es poco.

Fuente: El Territorio.

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