(por Edén “Buby” Fernández). Imponente. Mágico. Solemne. El barrio era único, impenetrable. A nadie le importó si se llamaba Florida. Para los vecinos era “La Chancha”, y celebraban su nombre, terratenientes de todo ese valdío que les pertenecía.
Centenario al norte, Tambor de Tacuarí al sur, Tomás Guido al oeste y lo cerraba Santa Catalina. Aquel gran cuadrado que sólo se conmocionaba o aparecía el estupor cuando un grito de gol llegaba desde la vieja visera del Atlético Posadas.
Barrio bravo, donde cientos de gurises orgullosos chapoteaban en las oscuras aguas del arroyo Itá, exponiéndose al riesgo detrás de la aventura. Tito Lozina, “Toro” y Cuqui Barruffaldi, Palometa Herrera, hijos de un barrio con aroma a fútbol y destino decano.
Bajo las órdenes de Félix Medina, Jorge Luis “Chivo” Galarza inició su camino futbolero en aquella quinta campeona, para debutar en primera a los 17 años frente a Candelaria, marcando la punta con la habitual soltura de siempre y con la atenta mirada de Samuel Sánchez, su técnico de entonces.
Sobrio, con despliegue y gran capacidad para los cruces, indistintamente jugaba defendiendo las dos bandas y a veces cuando la ocasión lo requería, salía de zaguero central.
Integró los planteles de su club cuando Lechuga Villalba o Dos Santos eran los líderes futbolísticos y también después, cuando los paraguayos y porteños le dieron a la institución un gran poderío, en tiempos de Rolando Etcheverry, Luis González, Isidro Caballero, Mateo Mendoza, Quiñonez, el loco Cozzani, Julio Wildemann, Pedro Giraud, Carlos Pombo.
Un 20 de junio de 1973, estando en el servicio militar, debió jurar la bandera en la localidad de Apóstoles, en la primera de los aurinegros lo reemplazó alguien que defendió los colores del decano por muchos años y fue su compañero en aquel inolvidable equipo de la Dorotea en el futsal posadeño: Pata Vicente.
Una lesión lo alejó de las canchas durante largo tiempo. Pasó luego a La Picada, en trueque con Rodolfo De Benito, y junto a Daniel Villalba, Toto Cuenca y Toti Olivera, en 1979 se alistó en Ex Alumnos 185 de Oberá, que era dirigido por Carlos Campuzano. Volvió al club de sus amores para darse el placer de jugar allí los últimos años y culminar su carrera.
Tuvo una fugaz incursión en la función de técnico del Verde del Oeste, mientras practicaba el futbol de salón con gran pasión.
Los sábados por la tarde, con carpetas bajo el brazo, se lo ve recorriendo las distintas canchas del Parque de la Ciudad, como miembro de la Asociación del Fútbol de Veteranos, que organiza los torneos en los que viejas glorias del fútbol despuntan el vicio hace varios años.
El Chivo, como comodín, puede jugar para cualquier equipo que quiera alistarlo en sus filas, como en sus inicios en el barrio de “La Chancha”, cuando en el pan y queso elegían a ese chiquilín delgado, de baja estatura, pero de altos sueños.
Fuente: territoriodigital.com



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