“Hola Darío, me gustaría hacerte una entrevista ¿podría ser en el transcurso del día?”. Y la respuesta a mi mensaje de texto no demoró en llegar: “No hay drama, si podés pasá a las 14.15 por el supermercado donde trabajo, ahí siempre tomo mate antes de entrar”.
Traté de ser puntual, pero me demoré cinco minutos y no lograba encontrar el lugar. “Está ahí arriba, en la vereda, donde siempre toma mate a la siesta”, me confirmó un guardia de seguridad, que al pasar agregó “es maratonista”. Se nota que siente admiración por él. Caminé unos metros y al doblar a la izquierda, ahí estaba: sentado en la vereda, bajo una sombra de la calle Gobernador Barreyro, a la vuelta del supermercado mayorista en el cual trabaja en el depósito, hombreando bolsas, cargando y descargando cajas. Ahí estaba: el campeón misionero de pruebas de calle del año 2013.
Nos saludamos como siempre. Me convidó uno y otro mate. Me preguntó sobre mi maratón en Valencia y le comenté que pude bajar dos minutos mi tiempo. Se puso muy feliz y me felicitó, aunque él mismo logre correr esa distancia con una diferencia de más de una hora respecto de mi tiempo. Pero así es Darío: sencillo, humano, macanudo. Tan sencillo que cada vez que intenté hablar sobre su año deportivo, el diálogo se encaminó hacia otros aspectos. Por eso hablamos sobre su vida, sus comienzos, sus referentes en el atletismo y sobre las cosas que le siguen motivando como atleta y persona.
¿Quién es Darío Piñeiro?
Creo que en primer lugar un trabajador, porque es de lo que vivo y salvo el puchero, como quien dice… y aparte un apasionado del atletismo, porque sin ser alguien super dotado en esto, pero que le pone todas las ganas, más allá de los resultados.
Y bueno, un trabajador, porque gracias a Dios tengo un trabajo, lo cuido mucho. Me considero una persona con ganas de trabajar, que ya se crió en la cultura del trabajo, porque desde chiquito ya fui a trabajar, porque había que ayudar entre todos para salir adelante. Esto me fue formando como persona. Gracias a eso y a la perseverancia y al sacrificio…
¿Cómo empezaste a correr?
Sabes que no sé muy bien. Me acuerdo que de chiquito, tendría unos 6 ó 7 años, me acuerdo que lo vi a Abebe Bikila corriendo descalzo el maratón de Roma, en 1960. Me acuerdo de esa imagen y de que hablaban de ese señor, que corrió descalzo y fue el primer africano en ganar una medalla de oro en las olimpiadas.
Para nosotros correr era como un juego, porque cuando éramos chicos no había computadora, no había teléfono… entonces era jugar corriendo. Nos tocó correr y así fue… lo de la competencia llegó un buen tiempo después. Recién después de los 25 años comencé a meterme un poco más en las competencias.
¿Te acordás de la primera vez que corriste una carrera?
Ah sí!, claro que me acuerdo! Fue un desastre. Allá en Alberdi, en Paraje los Indios, ahí fue mi primera carrera. Pensaba que era fácil, que era salir a correr nomás y llegar primero. No es así, olvidate! Salí no se bien en qué puesto y sufriendo en el último tramo.
Entonces, como no me fue bien en esa competencia, siempre tenía esa pica de volver a probar alguna vez. Pero empezar no fue fácil. Recuerdo cuando empecé a incursionar en el ámbito de la provincia, para ganar mi primera competencia me llevó dos años. Fueron más de dos años que corría y corría.
Además, gracias a Dios empecé a leer más sobre el tema, fui viendo ejemplos de vida de otros atletas que llegaron a ser lo que fueron porque fueron seleccionando las competencias y entrenan con dedicación para llegar a un nivel óptimo, que tampoco es fácil. Para mí, por ejemplo, uno de los más grandes es Emil Zatopek, por todo lo que leí sobre él.
¿Te identificás con Zatopek?
En cierto modo sí, porque era un luchador. Aparte, una de las cosas que hay que destacar en todos los aspectos de la vida, es que uno tiene que amar lo que hace y él amaba correr. Por eso él hacía lo que hacía, entrenaba como entrenaba y así llegó a ser lo que era.
Uno de los libros que leía aparece un estudio que se hizo a nivel mundial, donde se toma como referencia un atleta de elite, que en su momento fue récord mundial a los 27 años y recién a los 8 años volvió a dar su pico máximo. Así como ese atleta llegó a su mejor performance recién a los ocho años, en esto no todo es parejo y no todo es ascendente. Hay subidas y bajadas.
Como en la vida…
Como en la vida misma. Por eso siempre digo que una de las cosas que me gusta de esto y que gracias a Dios siempre lo tengo muy presente, es que la motivación nunca tiene que dejar de estar presente. No por no haber ganado tal o cual competencia, uno va a dejar. Al revés, uno tiene que motivarse y seguir mejorando.
No me considero un buen corredor, porque todavía me faltan muchas cosas. Me faltaría mejorar mi técnica, que no es de la mejor. A veces me pasa en algunas competencias en las que hace calor, sufro mucho el calor. A veces paro a caminar, porque llega el momento en que me sofoca tanto que tengo que parar para cambiar de aire. Son todas cosas que me doy cuenta que me falta y hay que seguir luchando. Para mí es el deporte más sano.
¿Podrías decir que corres porque te alegra la vida?
Sí, tal cual. Me encanta, por ejemplo cuando entreno y vengo a la madrugada, pienso “hoy me siento bien, hoy estoy mejorando”. Como te decía hoy, me visualizo en algunos corredores y entonces voy pensando si estoy haciendo la misma técnica. Como que me queda grabado en la mente. Me acuerdo cuando lo vi correr a Gebrselassie, que batió el récord en Berlín. Cuando lo ví correr esos últimos kilómetros, la técnica era perfecta. Ojala algún día pueda llegar a ser un poquito así.
Son esas satisfacciones que uno tiene. Es muy lindo ganar, más allá de que no siempre se logre y no quiero con esto parecer un tipo que solo se preocupa por ganar, pero es lindo. Uno dice, he luchado por esto, he entrenado, me he sacrificado y es el resultado. Es como decir que ese día me saqué un diez.
Fuente: Eugenio Albrecht, atleta aficionado y estudiante de periodismo, en Cancha Neutral.



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