Me hubiese gustado empezar esta columna hablando de una nueva fiesta en el rugby. Pero, lamentablemente, esta vez me toca opinar de lo contrario, de la idiotez que tuvo lugar ayer en cancha de Capri, donde nuevamente el rugby misionero escribió un capítulo negro en su historia.
En un partido casi intrascendente, por así estaba el juego, ocurrió lo que nadie de los que amamos este deporte espera que suceda. Otra vez un juego, porque eso es, un juego y entiéndalo, debió suspenderse por hechos de violencia que una vez más involucraron a los protagonistas y a parte del público, entre ellos actuales jugadores y ex jugadores que en este momento son entrenadores y dirigentes y deberían dar el ejemplo. Pero no, algunos –no todos- en lugar de apaciguar los ánimos se dedicaron a exaltarlos y participar en la violencia generalizada.
Dio pena ver que jugadores, que en muchos casos comparten los seleccionados misioneros, se pegaran como si estaban enfrentando al peor enemigo.
Dio pena ver, una vez más, que gente que no tiene nada que ver con el desarrollo del partido también participe en los incidentes, tratando de convertirse en “justiciero” de uno u otro lado.
Dio pena ver como el trabajo que se viene realizando en pos de mejorar y crecer (llámense cursos, capacitaciones y desarrollo) haya sido tirado por la borda en apenas segundos.
Y acá todos son culpables, los que estaban adentro de la cancha y los que estaban afuera y participaron. Y no vengan con que empezó uno o la siguió el otro como muchos quisieron excusarse. Todos son responsables y, lamentablemente, el rugby misionero fue, una vez más, el gran perjudicado.
Fuente: Luis Lovello (Periodista del Diario Primera Edición)




Comentarios recientes