Un legado familiar que se mantiene

Un legado familiar que se mantiene

Los hermanos Fernando, Alejandro y Mauro Romero comparten su pasión por el rugby y por el club CAPRI. El año pasado se dieron el gusto de jugar juntos en el Regional del NEA y ahora se preparan para defender los colores del Azzurro en el Nacional de Clubes (Foto Marcelo Rodríguez, El Territorio)

Transcurrían los primeros años de la década del 90 y, luego de insistir con varios deportes, papá Oscar decidió llevar a sus dos hijos, que por aquel entonces tenían 11 y 7 años, por primera vez al club Rowing para probar con el rugby.
Seguramente, él (Oscar) nunca se imaginó lo importante que sería para sus vidas aquel primer contacto con el mundo del deporte ovalado y todo lo que vino después. Hoy, a 24 años de aquella primera vez, las cosas cambiaron y mucho, pero esos dos niños, que ahora tienen 35 y 32 años, siguen ligados de lleno a lo que ellos aseguran es “su familia”.
Mauro y Alejandro Romero son dos de los referentes con lo que cuenta el club CAPRI, aunque ahora también se sumó su hermano menor Fernando (21), quien pretende prolongar el legado de sangre con la camiseta azzurra.
Durante el Regional del NEA del año pasado, Mauro, Alejandro y Fernando (Castelli) se dieron el gran gusto de compartir dentro de una cancha y en el certamen más importante en esta región del país.
Además, luego de varios años de conformarse con salvar la categoría, el club de Villa Cabello consiguió meterse en los playoffs del torneo, una situación que les sirvió de motivación a los tres para seguir librando batallas juntos dentro de una cancha de rugby.

Los tres son hijos de mamá Miriam, quien después de haber tenido a Mauro y a Alejandro, dio a luz a Fernando en una relación posterior. Ella (Miriam) es otra de las grandes artífices de que sus tres hijos hoy compartan dentro de la cancha, porque que los ayudó, los motivó y los alienta cada vez que CAPRI juega de local en Villa Cabello.

La importancia de los padres
“Mi vieja sacaba plata debajo del agua para pagarnos nuestros viajes”, resumió Mauro para explicar la importancia que tuvo su madre en sus carreras deportivas.
“Comenzamos a jugar al rugby gracias a mi viejo. Él siempre nos llevaba a practicar distintos deportes. Hicimos fútbol, básquet, pero no hubo caso. Me acuerdo que un sábado nos despertó temprano a la mañana y nos trajo acá a este club (Rowing). No sabíamos para qué vinimos, pero vimos que habían unos chicos jugando con esta pelota rara (la ovalada) y ahí empezamos. Nunca más paré”, recordó el mayor de los hermanos, quien lleva 24 años ininterrumpidos jugando al rugby en el club de Villa Cabello.Un legado familiar que se mantiene
“Para mí este es el lugar más lindo del mundo, es mi casa. Yo me crié acá. No tenía amigos del colegio, ni de la primaria ni de la secundaria. Mis amigos son de acá y están todos acá”, destacó el experimentado jugador misionero.
Por su parte, su hermano Alejandro, o ‘Canguro’ para los amigos, comparte el mismo sentimiento hacia el club y hacia el deporte que te enseña a que si te caés, tenés que volver a levantarte, siempre. “Para mí la vida del rugbier era un poco exigente cuando era chico, no me gustaba del todo así que en un momento largué”, reconoció.
“Esta es nuestra casa. Vemos cómo se está organizando todo para lo que será el Nacional del Clubes en marzo y se nos pone la piel de gallina. En el último tiempo pensamos en dar un paso al costado, pero el que se viene es un torneo que nunca pudimos jugar así que es un lindo desafío”, aseguró Alejandro, quien además de jugar hace más de 20 años, actualmente es entrenador de la categoría M19 de CAPRI.

El club, la familia que se elige
“Nuestra vida pasa acá adentro. Tratamos de que todos los encuentros se hagan acá en el club y nosotros los más grandes tratamos de inculcarle a los más chicos que el club está por sobre todas las cosas. Acá se pasa mucho tiempo y es necesario formar esta familia. A veces vemos más a nuestros compañeros que a nuestras novias. Si no tenes alguien que te acompañe y te apoye se hace muy difícil”, expresó Canguro.Un legado familiar que se mantiene
En tanto, Fernando, al ser mucho más chico que sus dos hermanos mayores, pasó prácticamente toda su vida en el club, ya que cuando todavía era un bebé, Mauro y Alejandro ya daban sus primeros pasos en la Primera de Rowing.
“Ellos (Mauro y Alejandro) me trajeron a los tres años y desde ahí nunca paré. Gracias a ellos y a mi vieja estoy acá. Este es el centro de nuestra familia. Se suele decir que el rugby es una forma de vida y eso es muy cierto. Todo se resume a estar acá”, dijo Fernando, quien jugó dos años en un club de La Plata mientras estudiaba en la capital de Buenos Aires.
Sin embargo, las vueltas de la vida hicieron que regresara a la tierra colorada y casi sin darse cuenta terminó formando parte del plantel superior de Capri junto a sus dos hermano mayores. Un situación que él mismo asegura que no se la podía imaginar unos años atrás.
“Es algo difícil de explicar lo que se siente jugar con tus hermanos. Yo los venía a ver acá siendo un niño y después compartir la Primera con ellos es algo que no me podía imaginar, se puede decir que es un sueño cumplido”, manifestó Fernando.
Pero no sólo en el deporte los tres hermanos comparten un mismo ámbito. Además, Mauro, Alejandro y Fernando trabajan en el Poder Judicial de la provincia y este año se inscribieron para estudiar abogacía los tres juntos. De todos modos, todas las actividades extras ocupan un lugar secundario en sus vidas, ya que los tres viven para el rugby y para su club.Un legado familiar que se mantiene
“Esto es una droga, no podés parar de pensar en el rugby. Antes y después de los partidos estoy pensando en rugby. El partido lo comienzo a jugar desde el jueves. Nosotros somos de la ‘vieja escuela’, ahora las cosas cambiaron mucho”, confesó Mauro.
Por su parte, Alejandro destacó que “cuando nosotros éramos pibes nos tocó una mala época, llegamos a venir a plantar pasto acá. Ahora cambió muchísimo a nivel organización. Ahora todos los jugadores son socios, se involucra la familia. Se labura de otra manera un poco más profesional”.
Más allá de los diferentes momentos que tuvieron que atravesar en cuanto a lo deportivo y lo familiar, con alegrías y con tristezas, con triunfos y derrotas, los hermanos siempre se mantuvieron unidos para conservar encendida esa llama que una vez prendió su papá cuando quiso inculcarles la cultura del deporte, la solidaridad y la familia.
Un llama que ellos supieron cómo mantener y que hoy siguen defendiendo tanto dentro como fuera de la cancha. Como ellos mismo dicen, “tenemos varias batallas juntos”. Ahora se preparan para un nuevo desafío que será el Nacional de Clubes C y otra vez estarán los tres juntos, defendiendo los colores del club que aman y defendiendo su orgullo como familia, porque la sangre tira.

Fuente: El Territorio.

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